En el mes de marzo, después de las elecciones asturianas, publiqué este artículo. Creo que hoy es un buen día para recordarlo:
Cambia
la luz. Llega la primavera a Asturias y nos envuelve la alegría. En las calles,
aparecen brazos desnudos, piernas al aire. Volvemos a vestir colores vivos, a
sentarnos plácidamente en las terrazas al sol, perezosos como gatos. Algunos
árboles siguen desnudos, pero no nos importa: queremos celebrar los primeros
brotes verdes, aunque sea a destiempo. Nos cansan ya la oscuridad, la crisis,
la incertidumbre y saboreamos lo que tenemos: este rayo de luz, el sabor del
primer café, la sonrisa de nuestra gente. Lo decía Bertolt Brecht en el exilio:
“En los tiempos sombríos, / ¿se cantará también? / También se cantará / sobre
los tiempos sombríos.”
Llega
la primavera y Asturias, por sorpresa, ha vivido unas nuevas elecciones. Se
cierran las urnas y comienzan los tópicos, lugares comunes que nos repetimos
unas personas a otras, que desgranamos en público y en privado. Así, decimos
que el electorado siempre acierta –que le pregunten, ya que estamos, a Brecht–;
que la grandeza de la democracia explica que un partido bisagra con un par de
representantes en las Cortes pueda tener más poder de decisión y capacidad para
aplicar su programa que otro con siete o con diecisiete; también se explica,
apelando a la mística de la democracia, que un partido perdedor pueda acabar
gobernando; o que la abstención gane las elecciones, pero no gobierne...
Porque
estos días hablamos también de la elevada abstención como síntoma de que algo
falla en el sistema y de que hay que reflexionar sobre el hartazgo o la
indiferencia que la provocan. Pero enunciamos el problema, nada más. La escueta
realidad es que no tenemos respuestas, quizá porque ni acertamos con las
preguntas correctas.
Decimos
que así funciona la democracia, pero más bien parece que así es como falla;
afirmamos que estamos interpretando al electorado, pero es una prerrogativa que
no otorgamos con la papeleta. Infantilizamos el mensaje y confundimos a
propósito: no hay una Democracia intocable y con mayúsculas, hay
funcionamientos democráticos mejores y peores. Confundimos la democracia con la
organización de la democracia; el ideal general con la regulación particular;
el modelo político con su traslación imperfecta a nuestro ordenamiento
jurídico.
El
filósofo Ramón Vargas-Machuca estudia desde hace años los indicadores de
calidad de la democracias y propone el desarrollo de un baremo estándar y
homologado para evaluarlas. Es un camino, mejor en cualquier caso que las
lamentaciones vagas y repetidas tras cada cita electoral: sometamos nuestra
democracia a examen y, como cualquier estudiante, a aplicarse donde más falta
haga. Pero tenemos tantos problemas graves y urgentes que para solucionar este
nunca hay prisa, es cierto, aunque tampoco hay tiempo.
Pensamientos
de sobremesa en este tiempo de espera y, por tanto, de esperanza; después de un
largo y sombrío invierno, llega la primavera a Asturias.
Hola, Consuelo. Bienvenida al mundo blog.
ResponderEliminarPara felicitarte por el nacimiento de tu blog, te regalo el tango que compartimos los que vivimos con "el corazón mirando al sur" (y la esperanza mirando hacia el verano!).
ResponderEliminarNací en un barrio donde el lujo fue un albur,
por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi viejo fue una abeja en la colmena,
las manos limpias, el alma buena.
Y en esa infancia, la templanza me forjó,
después la vida mil caminos me tendió
y supe del magnate del tahur,
por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi barrio fue una planta de jazmín,
la sombra de mi vieja en el jardín,
la dulce fiesta de las cosas más sencillas
y la paz en la granilla de cara al sol...
Mi barrio fue mi gente que no está
las cosas que ya nunca volverán
si desde el día que me fui, con la emoción y con la cruz
yo sé que tengo el corazón mirando al sur