Leo que Javier Krahe se enfrenta a juicio por "ofender los sentimientos religiosos" con la emisión de un vídeo, rodado en los años 70 y emitido en 2004, en el que el cantautor enseñaba a cocinar un Cristo. Confieso que no le veo interés al vídeo y entiendo, la verdad, que mucha gente se ofenda. Es más, somos muchas las personas que a diario nos sentimos ofendidas por una u otra manifestación pública de alguna autoridad o celebridad. Yo misma me enervo a menudo con la jerarquía eclesiástica y me ofenden gravemente sus consideraciones acerca de la familia, la maternidad, la sexualidad, la homosexualidad o la función de las mujeres en la sociedad. Muchas veces pienso que, además de ofensivas, son anticonstitucionales.
Pero a Krahe, mira por dónde, lo han llevado a juicio. Espero que lo absuelvan, porque que la gente se sienta ofendida no implica que el ofensor haya cometido ningún delito; ni siquiera implica que haya querido ofender.
Pero las leyes se articulan con palabras, y sobre el lenguaje hay mucho que decir. Hace unos meses publiqué este artículo en La Nueva España sobre el valor de las palabras
El valor de las palabras
El escritor alemán Gunter
Grass analizaba la situación de su país tras la Segunda Guerra Mundial. En
1945, Alemania está derrotada, las ciudades y las industrias arrasadas, nos
cuenta; pero “existía un destrozo mayor: la ideología del nacional socialismo
había falseado el sentido de la lengua alemana, la había corrompido y había
asolado amplios territorios verbales”. Grass y sus contemporáneos tuvieron que
enfrentarse a una lengua contaminada, a términos corrientes que ya no podían
emplear –unión, madre, familia,
guía...- porque habían perdido su inocencia, su sentido original; porque al
oirlos resonaban las consignas y la ideología nazis.
Algo parecido nos ocurrió
–nos sigue ocurriendo- en España. Las décadas de dictadura franquista
enturbiaron de tal modo la lengua española que todavía hoy nos cuesta decir
“España”, “bandera”, “patria”, sin que sintamos que nos envuelven los ecos de
las montañas nevadas.
Tuvieron que pasar varias
décadas para que la policia y el ejército españoles dejaran de ser el símbolo
de la represión y conquistaran el papel –y la consideración social- de cuerpos
y fuerzas de seguridad. La última encuesta del CIS nos confirma que el Ejército
es la institución mejor valorada por la población española y la única que,
además, logra el aprobado; al ejército le costó 30 años de democracia y
aciertos; la bandera o la patria todavía no lo han conseguido.
La historia nos enseña que
no es difícil subvertir el valor de las palabras, pero después cuesta mucho
recuperarlas, a ellas y a lo que representan. En esta gran crisis que nos toca
vivir –peor que la del 29, nos dicen, aunque mejor que cualquier posguerra-,
¿tendremos que aprender otra vez a leer y escribir, como en los primeros años
de escuela, para entender el significado actual de cada expresión? ¿Qué
revelará nuestro vocabulario acerca de estos tiempos?
Unos tiempos en los que las
oficinas del paro llevan el nombre oficial de oficinas de empleo; en los que a
los recortes los presentamos como ajustes; en los que al cierre de empresas lo
consideramos deslocalización; a privatizar, externalizar. Una época en la que a
las facilidades para el despido las llamamos incentivos para el empleo. ¿Quién
puede aclararse en esta confusión interesada y, sobre todo, quién puede decidir
qué y cuánto valen las palabras?
En “Alicia a través del
espejo”, de Lewis Carroll, Humpty-Dumpty explica que, cuando él usa un término,
“significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos”.
Alicia le pregunta entonces si es
posible que él pueda hacer que las palabras signifiquen tantas cosas
diferentes. “La cuestión –declara Humpty-Dumpty- es saber quién es el que
manda. Eso es todo”.

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