viernes, 21 de septiembre de 2012

VIOLENCIA


   A finales de los años 50, el profesor y arquitecto Bonaventura Bassegoda, una autoridad en Cimientos Profundos, siempre comenzaba sus clases con un buenos días para indicar, a continuación, los años, meses y días exactos que su hija llevaba muerta. Joan Margarit, antiguo alumno suyo en Barcelona, nos cuenta que él y sus compañeros tenían entonces apenas veinte años y que jamás ninguno sonrió siquiera ante aquella muestra de desolación. Medio siglo después, en su libro “Joana”, Margarit piensa en ese profesor cuando él mismo es “una amarga sombra suya / porque mi hija, ahora hace dos meses / tres días y seis horas / que tiene sus profundos cimientos en la muerte.”
Joan Margarit

   ¿Cómo sobrevivir a la muerte de los hijos? Ruth Ortiz, como antes hicieran Bassegoda y Margarit, recorre ahora un territorio que a cualquier persona le espanta tan solo imaginar. Pero, en su caso, el dolor tiene que ser mayor –si tal cosa es posible-, porque no fueron la enfermedad ni la fatalidad las que terminaron con la vida de sus pequeños. Todo apunta a que fue su marido el que, como castigo por la separación, quiso causarle a su esposa el más grande de los daños posibles. Y ese daño no es la muerte –un visto y no visto-, sino la amargura y la tristeza diarias, sufridas hora tras hora. Para este padre, según se desprende de la investigación policial, sus niños no eran dos personas amadas, carne de su carne; no eran ni siquiera personas, tan solo un objeto, un instrumento de venganza, útiles para torturar a la madre. Cuánta razón tiene Ruth Ortiz cuando afirma que sus hijos –Ruth y José- son solo suyos, porque nunca tuvieron padre…

   Pese a todo, queremos creer en la bondad humana, en la naturaleza básicamente buena del ser humano. Nos empeñamos, pero no es fácil si repasamos desde los pequeños actos mezquinos y crueles de la vida diaria a las guerras o los genocidios. O si pensamos en crímenes como los que se atribuyen a José Bretón, donde sólo podemos ver una maldad sin fisuras, una voluntad de destrucción a cualquier precio, por encima de cualquier mínimo sentimiento de afecto, cualquier pensamiento ético o cualquier instinto protector.

   La desaparición de los pequeños Ruth y José sacudió a toda la sociedad. Primero, porque toca uno de los terrores profundos de cualquier persona adulta, el de perder a un hijo o una hija, más desgarrador cuanto más pequeños y vulnerables. Y, en segundo lugar, porque todos los indicios señalan al padre y esa posibilidad desbarata creencias muy firmes, trastorna un principio básico sobre el que se organiza la sociedad y la propia supervivencia de la especie.

   Pero estos días leemos también que han muerto ahogados un padre y su hijo, el primero intentado salvar al segundo; y hemos sabido que, de las doce personas asesinadas en Colorado en el estreno de Batman, al menos tres murieron protegiendo con sus cuerpos a sus seres queridos... En estos y otros casos similares comprobamos que, en esos segundos de pánico y confusión ante un peligro mortal, prevaleció la voluntad de protección frente al instinto de conservación. Como si fuera una balanza, las personas necesitamos equilibrar la maldad y la infamia que acabaron con la vida de Ruth y José con estos actos de generosidad. Necesitamos seguir confiando en el ser humano, aunque quizá a esta madre nada de esto la pueda reconfortar. Quizá a Ruth Ortiz sólo la calme saber lo mucho que los ama y que ya no conocerán sus hijos ni un solo instante de desamparo en compañía de ese padre. También nos lo decía Joan Margarit: “Por débil y pequeña que en la noche / llegue a ser la ventana iluminada, / este es mi consuelo: / no habrá más desamparo ya que el mío”

UN PREMIO REPETIDO


   No voy a comentar siquiera el hecho de que, entre los 26 premiados con el Príncipe de Asturias de los Deportes, sólo haya 5 mujeres. La Fundación no es responsable de estos “resultados deportivos”, pero sí el Jurado –los hombres y las mujeres que lo componen-  y debería dedicar unos minutos a estos datos y compararlos, por ejemplo, con los obtenidos por España en las últimas olimpiadas: 11 medallas de las deportistas frente a las 6 de sus compañeros. No parece que haya una correspondencia, ni un mínimo equilibrio, entre los resultados reales –las competiciones- y el reconocimiento y prestigio social –los diversos premios o los contratos millonarios-.

   Es ya un lugar común reconocer la buena labor de la Fundación Príncipe de Asturias. Como asturiana y ciudadana de Oviedo, me gusta todo lo que nos aporta en proyección, visibilidad y renombre internacionales. De hecho, estos premios alcanzaron tal prestigio que podrían ya atreverse a galardonar a personas valiosas por sí mismas, sean o no famosas o mediáticas. Un proyecto que nace no se consagra con premiados anónimos, por más solventes que sean, incapaces de congregar alrededor a más de un fotógrafo; pero los Premios Príncipe ya han pasado ese momento inicial y, si bien no tienen que apostar por nombres de bajo perfil público –ni mucho menos, seamos realistas-, sí que han de eludir el recurso fácil a la popularidad.

   El Premio de los Deportes ejemplifica a la perfección estos riesgos. Porque a menudo reconoce a los ya archirreconocidos –los hombres más famosos- o porque se deja arrastrar por la pasión de la última competición y elige a deportistas –como ocurrió con Alonso en 2005- en un momento de gloria, pero no en uno de madurez o trayectoria consolidada. Y, para intentar arreglarlo, en 2007 recae el galardón en Schumacher, este sí el rey y heptacampeón de la Fómula I, con lo que el resultado es mucho coche en poco tiempo, por una parte,  y numerosas disciplinas deportivas ausentes, por la otra.

   En fin, que en 2010 la selección española de fútbol recibió el Premio Príncipe de los Deportes y ya acudieron Casillas y Xavi al teatro Campoamor, así que la noticia de este año parece un “deja vu”. ¿Por qué les hacen ese dudoso favor a ellos y no, por ejemplo, a Puyol y Raul, también de equipos rivales? ¿O a Villa, Cazorla y Mata, asturianos los tres? ¿O a Cristiano Ronaldo, que está triste? Si Casillas y Xavi son sensatos, y lo parecen, pensarán que este premio es inoportuno y que casi les resta más que les suma.

   Me gusta el deporte, admiro a Alonso, Casillas y Xavi. Pero no hay que abusar y, sobre todo, no hay que pasarse tanto con el fútbol. Dice John Carlin que es algo grande y se disfruta más de un buen partido que de casi cualquier otra cosa en la vida, y mucha gente estará de acuerdo. Pero hay muchos deportes y muchas deportistas en los que el Jurado debería pensar antes de repetir y conceder, por segunda vez, el mismo premio a los mismos jugadores.