A finales de los
años 50, el profesor y arquitecto Bonaventura Bassegoda, una autoridad en
Cimientos Profundos, siempre comenzaba sus clases con un buenos días para
indicar, a continuación, los años, meses y días exactos que su hija llevaba
muerta. Joan Margarit, antiguo alumno suyo en Barcelona, nos cuenta que él y
sus compañeros tenían entonces apenas veinte años y que jamás ninguno sonrió
siquiera ante aquella muestra de desolación. Medio siglo después, en su libro
“Joana”, Margarit piensa en ese profesor cuando él mismo es “una amarga sombra
suya / porque mi hija, ahora hace dos meses / tres días y seis horas / que
tiene sus profundos cimientos en la muerte.”
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| Joan Margarit |
¿Cómo sobrevivir
a la muerte de los hijos? Ruth Ortiz, como antes hicieran Bassegoda y Margarit,
recorre ahora un territorio que a cualquier persona le espanta tan solo
imaginar. Pero, en su caso, el dolor tiene que ser mayor –si tal cosa es
posible-, porque no fueron la enfermedad ni la fatalidad las que terminaron con
la vida de sus pequeños. Todo apunta a que fue su marido el que, como castigo
por la separación, quiso causarle a su esposa el más grande de los daños
posibles. Y ese daño no es la muerte –un visto y no visto-, sino la amargura y
la tristeza diarias, sufridas hora tras hora. Para este padre, según se
desprende de la investigación policial, sus niños no eran dos personas amadas,
carne de su carne; no eran ni siquiera personas, tan solo un objeto, un
instrumento de venganza, útiles para torturar a la madre. Cuánta razón tiene
Ruth Ortiz cuando afirma que sus hijos –Ruth y José- son solo suyos, porque
nunca tuvieron padre…
Pese a todo,
queremos creer en la bondad humana, en la naturaleza básicamente buena del ser
humano. Nos empeñamos, pero no es fácil si repasamos desde los pequeños actos
mezquinos y crueles de la vida diaria a las guerras o los genocidios. O si
pensamos en crímenes como los que se atribuyen a José Bretón, donde sólo
podemos ver una maldad sin fisuras, una voluntad de destrucción a cualquier precio,
por encima de cualquier mínimo sentimiento de afecto, cualquier pensamiento
ético o cualquier instinto protector.
La desaparición
de los pequeños Ruth y José sacudió a toda la sociedad. Primero, porque toca
uno de los terrores profundos de cualquier persona adulta, el de perder a un
hijo o una hija, más desgarrador cuanto más pequeños y vulnerables. Y, en
segundo lugar, porque todos los indicios señalan al padre y esa posibilidad
desbarata creencias muy firmes, trastorna un principio básico sobre el que se
organiza la sociedad y la propia supervivencia de la especie.
Pero estos días
leemos también que han muerto ahogados un padre y su hijo, el primero intentado
salvar al segundo; y hemos sabido que, de las doce personas asesinadas en
Colorado en el estreno de Batman, al menos tres murieron protegiendo con sus
cuerpos a sus seres queridos... En estos y otros casos similares comprobamos
que, en esos segundos de pánico y confusión ante un peligro mortal, prevaleció
la voluntad de protección frente al instinto de conservación. Como si fuera una
balanza, las personas necesitamos equilibrar la maldad y la infamia que
acabaron con la vida de Ruth y José con estos actos de generosidad. Necesitamos
seguir confiando en el ser humano, aunque quizá a esta madre nada de esto la
pueda reconfortar. Quizá a Ruth Ortiz sólo la calme saber lo mucho que los ama
y que ya no conocerán sus hijos ni un solo instante de desamparo en compañía de
ese padre. También nos lo decía Joan Margarit: “Por débil y pequeña que en la
noche / llegue a ser la ventana iluminada, / este es mi consuelo: / no habrá
más desamparo ya que el mío”

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