miércoles, 19 de diciembre de 2012

EQUIVOCARSE


   Un líder político hace unas declaraciones en la radio y afirma, rotundo, que las bases no se equivocan nunca.
   No sé por qué comencé a darle vueltas; y pensé, ¿cómo se mide el acierto o desacierto de una decisión? Porque, en la práctica, no es factible comparar los resultados de la alternativa elegida con los hipotéticos efectos de la desechada.
   No debería sorprenderme esa afirmación, porque es ya realmente un tópico, un lugar común de las declaraciones públicas. Quizá, pensé, era una manera educada de salir del paso y de decir algo que siempre queda bien. Una frase de relleno, como tantas, como el “buenas tardes” con el que saludamos aunque llueva y el tiempo sea horrible.
   Pero, ¿de verdad lo creemos? A diario repetimos comentarios edulcorados porque son convenientes, porque sería escandaloso, impopular o peligroso plantear lo contrario o tan siquiera cuestionarnos en voz alta la vigencia de esos valores asumidos.
Los líderes asturianos de Foro y PP  en una de las escenas clave de su representación teatral
   Supongo que actuamos así por comodidad, por demagogia también y porque, en el fondo, pensamos que la gente no es –no somos- lo bastante lista como para entender ideas o situaciones complejas. Lo hemos comprobado largamente en Asturias con la representación teatral del acuerdo entre Foro y PP, en cartelera durante dos meses: sus dirigentes nunca decían lo que realmente pasaba y pensaban, porque no confiaban en la inteligencia y el sentido común de su electorado. En sus declaraciones públicas alababan el hermoso traje pactado del emperador, pero todo el mundo veíamos y sabíamos que el soberano iba desnudo.
   Tanto mensaje vacío hace que no escuchemos, porque en verdad no hay nada que escuchar. Si desde los espacios públicos se nos habla como si fuéramos de entenderas cortas, ignoraremos esa cháchara  pretenciosa y hueca. Si nos dicen lo que queda bien, lo creamos o no, lo notaremos y daremos la espalda. Si alabamos un traje inexistente, damos la medida de nuestra propia altura. Para variar, podemos probar a hablar como si cada palabra valiera su peso en oro, empleándola solo cuando diga exactamente lo que queremos decir, y no lo que queremos que escuchen.
   Cuando proclamamos que el pueblo o las bases nunca se equivocan, ¿es un dogma de fe para creyentes, como la infalibilidad del Papa? Hasta donde la lógica me alcanza, todos los seres humanos, uno por uno, nos confundimos. Es el riesgo que corremos en cada elección. ¿Por qué lo asumimos en un individuo y, sin embargo, mantenemos como un axioma que la suma de varios –las bases- siempre escoge bien? Yo creo que, si nos replanteamos estos mandamientos nunca escritos, no cuestionamos ni ponemos en peligro la democracia; al contrario, es una señal de madurez del sistema aceptar tranquilamente que unas decisiones son más acertadas que otras; comprender que a veces se confunden quienes tienen la responsabilidad de elegir, sea con su voto anónimo o con su firma ministerial.
   No podemos caer en la mística de la infalibilidad popular porque, en el fondo y paradójicamente, es dudar de la inteligencia popular. No se trata de acertar siempre; se trata, más bien, de quién tiene la legitimidad y la competencia para decidir en cada caso: las bases, el pueblo o la vicepresidenta. Y lo que las bases han querido puede parecernos más o menos acertado, podremos estar más o menos de acuerdo, pero a ellas les correspondía tomar esa decisión. Y eso es también la democracia.




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