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| foto La Voz de Asturias |
Hablamos de alcohol. Asturias, como en el poema de Pedro Garfias que tan
bien cantó Víctor Manuel, está “sola en mitad de la tierra”; sola y equivocada,
al parecer, porque es la única comunidad que permite la venta de alcohol a
mayores de 16 años.
Es un asunto complejo, donde están en juego muy distintos factores:
sanitarios, sociales, educativos o ya casi de seguridad pública: los efectos
dañinos del alcohol a edades tempranas, incluso en pequeñas cantidades; su
consumo asociado al del tabaco y otras drogas; su relación también con
prácticas sexuales de riesgo; los modelos de ocio juvenil, como el botellón, y
la falta de expectativas o de alternativas; rendimiento escolar, accidentes de
tráfico...
Y, sobrevolando todas estas razones, hay otra que lo impregna todo: el
miedo de los adultos –de los padres y madres-, que queremos mantener a salvo a
nuestros adolescentes. Recordamos cómo éramos a su edad y qué errores cometimos
y eso pesa en nuestras opiniones y propuestas actuales.
¿Hay que cambiar la norma asturiana? O, por qué no, ¿habría que prohibir
el alcohol en España hasta los 21 años, como en otros países? No lo sé. Pero si
sé que en este debate acostumbramos a mezclar diferentes ideas y problemas de
manera demagógica. Por ejemplo: mucha gente defiende elevar en Asturias la edad
de los 16 a los 18 años, y lo hace con dos argumentos fundamentales: porque así
es la norma en toda España (se me escapa qué tipo de razonamiento constituye ni
qué aporta al debate) y porque las calles están llenas de niños y niñas de 13
años que participan en botellones o que se inician en el alcohol ya en
Primaria. Es un dato terrible, estoy de acuerdo, pero a quien bebe con 13 años
no le afecta que sea legal con 16 o 18; y lo sabemos. Cambiar la ley no
soluciona ese problema, sólo deja nuestras conciencias tranquilas porque
creemos que estamos haciendo algo.
Otra confusión: tratamos de igual modo realidades desiguales. Hablamos a
nuestros hijos e hijas –en los institutos, en las casas o los medios de
comunicación- de los peligros del alcohol, el tabaco, las drogas ilegales...
todo en el mismo saco, como si fuera lo mismo una cosa que otra. Y son asuntos
diferentes: una persona fumadora tiene un problema adictivo y sanitario; una persona
alcohólica, tiene además un problema personal, social, laboral...
Pero, dicho esto, es posible beber sin ser bebedor, pero no es fácil
fumar sin ser fumador. No creo que queramos una Ley Seca ni una sociedad libre
de alcohol; queremos –o quiero- que nuestros hijos e hijas aprendan a beber de
manera responsable, que aprendan cuándo –a qué edad y en qué momento-, cómo y
cuánto. Me gustaría que pudieran disfrutar, en su futuro adulto, del sabor de
un vaso de vino o de unos culinos de sidra, pero no querría que aprendieran a
disfrutar de un cigarrillo, ni de una raya de coca ni de una pastilla de
diseño. Porque son drogas distintas –del alcohol y entre sí- y su consumo tiene
implicaciones y consecuencias diferentes.
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| foto La Voz de Asturias |
Quizá estamos confundiendo a nuestra juventud con este discurso negativo
donde todo es igualmente malo y prohibido. La doctrina vaticana recomienda,
respecto al sexo, la abstención como el mejor y único medio para combatir el
contagio de enfermedades o los embarazos no deseados. A veces, en este asunto
del alcohol, me parece que somos como el Papa: consumo cero y abstención. Y con
los mismos resultados.



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