El pasado domingo, día 3 de junio, más de 5.000 mujeres solidarias con el cáncer de mama corrieron por Gijón, con sus camisetas rosas. En febrero, cuando celebrábamos el Día Mundial contra el cáncer, publiqué esto en La nueva España y hoy me gusta volver a recordarlo:
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| La "mareona rosa" (foto El Comercio) |
Leo la nota necrológica de alguien que ha muerto de
cáncer y me tropiezo, una vez más, con las expresiones acostumbradas que
empleamos en estos casos. A medio camino entre el elogio y el dolor, se
presenta esta enfermedad –y solo esta- como una lucha, como un contienda entre
la persona y su cáncer; empleamos un vocabulario guerrero y heroico –“luchó
valientemente”, o “empeñó sus fuerzas en la batalla contra el cáncer”, o “se
enfrentó con valor”- y presentamos la conclusión, la muerte, como una derrota
personal: “pero la enfermedad acabó venciendo”, “no pudo ganar la batalla”...
Podemos comprobarlo en unos clics de ratón: de Miguel
Delibes, ya anciano, dijimos que había muerto tras una larga lucha contra un
cáncer; de Steve Jobs, más recientemente, que había luchado desde 2003 contra
un cáncer de páncreas. De Wangari Maathai, la Premio Nobel keniana, la familia
“con una enorme tristeza anuncia su muerte, ocurrida el 25 de septiembre de
2011 después de un largo y duro combate contra el cáncer”.
Bien sé que el cáncer, todavía hoy, impone y asusta.
Bien sé que, con estas expresiones, queremos realmente mostrar nuestro cariño,
nuestra admiración y respeto por las personas fallecidas. Pero, en el fondo,
queda la impresión de que han sido derrotadas, de que no han sabido o podido
vencer la enfermedad... ¡qué crueldad! A ningún enfermo de otra dolencia le
exigimos tanto, ni decimos de nadie que ha fallecido tras una dura y valerosa
lucha contra una insuficiencia cardiaca o una neumonía.
Parece ser que el buen ánimo, las ganas de superarlo,
ayudan (y yo supongo que ayudan en esta y cualquier otra enfermedad o
recuperación física). Sin embargo, estamos dando un paso más, estamos dando a
entender que, si el cáncer vence, es porque no
hemos luchado con suficiente energía y valor. Como si nuestro impulso personal no fuera un factor positivo
más, sino el elemento fundamental y decisivo.
Nos morimos porque estamos vivos; nadie, ni la persona
más valiente y más luchadora, puede vencer a la muerte. Esa guerra está perdida
siempre. Unas veces morimos de cáncer, otras de sida, otras de gripe o en un
accidente de tráfico. A los 20 o a los 89 años, como Miguel Delibes. Son otros
los combates que perdemos a lo largo de la vida, en las renuncias o las
deserciones personales. Pero, por favor, no presentemos a nuestros muertos de
cáncer como derrotados en el campo de batalla. No se lo merecen.

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