Nunca habíamos tenido en Occidente tan poca población joven como ahora; como soy de natural optimista y creo en el progreso social y humano, no me sumo a las voces derrotistas que hablan siempre de lo mal que está la juventud; al contrario, creo que nuestros chicos y chicas son, en su inmensa mayoría, más respetuosos, tolerantes, cultos y "ciudadanos" que hace cien años, cuando la educación era todavía el privilegio de unos pocos. Pero también- nada es perfecto-, y quizá por sobreprotección, podemos observar algunos aspectos no tan positivos en cuanto a autonomía personal. De estos asuntos hablo en este artículo, que publiqué hace unos meses en La Nueva España.
A CABALLO
Los caminos de la libertad en la infancia
En la estupenda novela Una temporada para silbar, Ivan Doig nos habla de un pequeño pueblo de Montana, el estado
norteamericano en el que nació el propio autor en 1939. Son muchas las historias
y los personajes, los datos y detalles de un tiempo perdido con los que
disfruté estos pasados días festivos; y una circunstancia, en apariencia
anecdótica, llamó mi atención: los niños y niñas de aquella escuela rural
unitaria en Marias Coulee iban a clase a caballo; a diario, desde los seis
años, recorrían kilómetros de ida y vuelta, con su almuerzo en el macuto, con
frío y calor, con lluvia o nieve. Los hermanos mayores cuidaban de los pequeños
y, desde las distintas granjas, se iban esperando en los cruces para
acompañarse, pero a fin de cuentas eran siempre críos y crías que aprendían a
desenvolverse en su entorno, sin adultos. Recibían indicaciones claras -en caso
de tormenta brusca, de peligro, buscarían amparo en la primera casa a la vista-
y se confiaba en su buen juicio.
Esa historia, ambientada en 1910 al paso del Cometa
Halley, me hizo recordar nuestra niñez en Asturias y la de nuestros padres y
madres; no muy diferente, en esencia, de las infancias danesas, suizas o
norteamericanas que, a un lado y a otro del Atlántico, fueron a la escuela en
bici, en trineo o a caballo. Y no pensé en la progresión educativa –cierta-,
sino en la regresión de la autonomía personal que imponemos a los más jóvenes
desde entonces.
Es cierto que las ciudades han cambiado, unas mucho
más que otras, y son más hostiles, menos hospitalarias; es cierto que los
nuevos modos sociales nos hacen vivir de manera más aislada: somos cada vez
menos tribu –no pediríamos a ninguna criatura hoy en día que se refugiara en la
primera casa a la vista- y más célula individual y familiar desconectada. Pero,
por lo general, nos rodea una razonable seguridad. ¿Dónde nació entonces este
miedo que nos lleva a sobreproteger, a mantener a nuestros hijas e hijos en
ambientes cerrados y controlados, como los centros comerciales, o pegados a
nuestro costado y nuestra vista? ¿Cómo aprenderán a crecer y a desenvolverse en
sus medios, sean las altas praderas de Montana o las calles y plazas de nuestra
ciudad?
El debate está ahora encima de la mesa; ahora, que se
comprueban las limitaciones de estas primeras generaciones de niños y niñas que
nunca pudieron cabalgar solos; ahora, que decidir a qué edad pueden nuestros
pequeños volver solos de clase y vencer además la propia mala conciencia requieren
a la vez un master y un terapeuta. Ahora, que sabemos que las personas adultas
vivimos con más confianza y seguridad si en la infancia han confiado en
nosotras.
No es bueno volver la vista atrás con nostalgia, pero
sí recordar lo que de bueno haya en la memoria –porque, como también nos dice
Doig, “la luz del recuerdo es a la vez detallista, mágica y fiel, como no lo es
nunca el tinte barato de la nostalgia”-. Y esos niños y niñas de Montana se me
aparecen, en el recuerdo, libres a caballo hacia su escuela, eligiendo el
camino de la vida entre los caminos posibles en los pastos.

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