martes, 28 de agosto de 2012

DIENTES DE ORO


   Vemos rostros hipertrofiados, con labios abultados y mejillas excesivas. Los vemos en todas partes, pero se concentran en determinadas series de televisión norteamericanas, en algunos programas televisivos nacionales, en ciertos lugares de encuentro de la llamada gente guapa.

Mickey Rourke
   Son, más a menudo o de manera más evidente, rostros de mujeres; lisos e indistinguibles, lucen expresiones de asombro permanente y coronan cuerpos delgados de adolescentes. Caras sin edad, ni jóvenes ni viejas, extrañas nada más. Más-caras irreales, un poco más infladas cada año, retocadas a simple vista e inexpresivas.

   Al principio, las veíamos y pensábamos que era un intento inútil, que a nadie engañaba esa apariencia. Todo el mundo, creíamos, era consciente de esos rostros operados, imposible ocultar la edad. Nos parecía una aspiración fracasada, patética casi en su ingenuidad: pobres gentes empeñadas en huir de las arrugas, del paso del tiempo, de la muerte tal vez.

   Pero los pobres e ingenuos éramos nosotros. Porque hay otra manera de verlo: no es una  cuestión de estética, es un asunto de poder. Quien lleva orgullosamente ese aspecto no quiere convencernos de que ese es su rostro, esa es su edad. Quiere decirnos, simplemente, que se presenta así porque puede.
Carla Bruni, a la que los medios seguían
 refiriéndose, siempre, como una mujer
muy hermosa, con la característica cara
de asombro.

   Y he recordado los dientes de oro. ¿Por qué estuvieron –y parece que vuelven a estar- tan de moda? Desde luego, no porque parecieran auténticos y pasaran desapercibidos, sino porque eran una clara exhibición de riqueza. ¿Que estropeaban la sonrisa? Bueno, se notará que este diente no es mío, diría un poseedor ufano; pero se ve que es de oro, y eso es lo que importa.

   Los seres humanos usamos las joyas, las ropas o los tatuajes para embellecernos, para abrigarnos o protegernos y, a la vez, para comunicar a los demás nuestra posición en la jerarquía social. ¿De qué nos sirve ser poderosos, ay, si nuestros vecinos no se dan cuenta? Siempre hemos hecho ostentación de nuestro estatus: hace miles de años, con collares de conchas o pieles teñidas; después, con sedas y piedras preciosas; con nuestros coches y nuestras casas. Con nuestros dientes de oro.

   Estas caras abombadas son como una joya que se luce, los nuevos pendientes de diamantes, la capa y el cetro del jefe del clan. Es un signo visible de poder, una exhibición de opulencia que no se quiere disimular, que no puede pasar desapercibida. Es el nuevo diente de oro.

Cayetana de Alba: es poderosa, lo sabe y lo demuestra
en su vida y en su rostro.

   Y dentro de unos años, muy pocos, nuestras arrugas serán quizá el distintivo de los desheredados; seremos la boca desdentada del que no podía pagarse unos buenos dientes de oro.

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