domingo, 24 de junio de 2012

A CABALLO



Nunca habíamos tenido en Occidente tan poca población joven como ahora; como soy de natural optimista y creo en el progreso social y humano, no me sumo a las voces derrotistas que hablan siempre de lo mal que está la juventud; al contrario, creo que nuestros chicos y chicas son, en su inmensa mayoría, más respetuosos, tolerantes, cultos y "ciudadanos" que hace cien años, cuando la educación era todavía el privilegio de unos pocos. Pero también- nada es perfecto-,  y quizá por sobreprotección,   podemos observar algunos aspectos no tan positivos en cuanto a autonomía personal. De estos asuntos hablo en este artículo, que publiqué hace unos meses en La Nueva España.


A CABALLO
Children on horses, Montana. Griffith & Griffith, Chicago


Los caminos de la libertad en la infancia

   En la estupenda novela Una temporada para silbar, Ivan Doig nos habla de un pequeño pueblo de Montana, el estado norteamericano en el que nació el propio autor en 1939. Son muchas las historias y los personajes, los datos y detalles de un tiempo perdido con los que disfruté estos pasados días festivos; y una circunstancia, en apariencia anecdótica, llamó mi atención: los niños y niñas de aquella escuela rural unitaria en Marias Coulee iban a clase a caballo; a diario, desde los seis años, recorrían kilómetros de ida y vuelta, con su almuerzo en el macuto, con frío y calor, con lluvia o nieve. Los hermanos mayores cuidaban de los pequeños y, desde las distintas granjas, se iban esperando en los cruces para acompañarse, pero a fin de cuentas eran siempre críos y crías que aprendían a desenvolverse en su entorno, sin adultos. Recibían indicaciones claras -en caso de tormenta brusca, de peligro, buscarían amparo en la primera casa a la vista- y se confiaba en su buen juicio.

   Esa historia, ambientada en 1910 al paso del Cometa Halley, me hizo recordar nuestra niñez en Asturias y la de nuestros padres y madres; no muy diferente, en esencia, de las infancias danesas, suizas o norteamericanas que, a un lado y a otro del Atlántico, fueron a la escuela en bici, en trineo o a caballo. Y no pensé en la progresión educativa –cierta-, sino en la regresión de la autonomía personal que imponemos a los más jóvenes desde entonces.

   Es cierto que las ciudades han cambiado, unas mucho más que otras, y son más hostiles, menos hospitalarias; es cierto que los nuevos modos sociales nos hacen vivir de manera más aislada: somos cada vez menos tribu –no pediríamos a ninguna criatura hoy en día que se refugiara en la primera casa a la vista- y más célula individual y familiar desconectada. Pero, por lo general, nos rodea una razonable seguridad. ¿Dónde nació entonces este miedo que nos lleva a sobreproteger, a mantener a nuestros hijas e hijos en ambientes cerrados y controlados, como los centros comerciales, o pegados a nuestro costado y nuestra vista? ¿Cómo aprenderán a crecer y a desenvolverse en sus medios, sean las altas praderas de Montana o las calles y plazas de nuestra ciudad?

   El debate está ahora encima de la mesa; ahora, que se comprueban las limitaciones de estas primeras generaciones de niños y niñas que nunca pudieron cabalgar solos; ahora, que decidir a qué edad pueden nuestros pequeños volver solos de clase y vencer además la propia mala conciencia requieren a la vez un master y un terapeuta. Ahora, que sabemos que las personas adultas vivimos con más confianza y seguridad si en la infancia han confiado en nosotras.

   No es bueno volver la vista atrás con nostalgia, pero sí recordar lo que de bueno haya en la memoria –porque, como también nos dice Doig, “la luz del recuerdo es a la vez detallista, mágica y fiel, como no lo es nunca el tinte barato de la nostalgia”-. Y esos niños y niñas de Montana se me aparecen, en el recuerdo, libres a caballo hacia su escuela, eligiendo el camino de la vida entre los caminos posibles en los pastos.

martes, 5 de junio de 2012

VENCER AL CÁNCER




El pasado domingo, día 3 de junio, más de 5.000 mujeres solidarias con el cáncer de mama corrieron por Gijón, con sus camisetas rosas. En febrero, cuando celebrábamos el Día Mundial contra el cáncer, publiqué esto en La nueva España y hoy me gusta volver a recordarlo:

La "mareona rosa" (foto El Comercio)

Leo la nota necrológica de alguien que ha muerto de cáncer y me tropiezo, una vez más, con las expresiones acostumbradas que empleamos en estos casos. A medio camino entre el elogio y el dolor, se presenta esta enfermedad –y solo esta- como una lucha, como un contienda entre la persona y su cáncer; empleamos un vocabulario guerrero y heroico –“luchó valientemente”, o “empeñó sus fuerzas en la batalla contra el cáncer”, o “se enfrentó con valor”- y presentamos la conclusión, la muerte, como una derrota personal: “pero la enfermedad acabó venciendo”, “no pudo ganar la batalla”...

Podemos comprobarlo en unos clics de ratón: de Miguel Delibes, ya anciano, dijimos que había muerto tras una larga lucha contra un cáncer; de Steve Jobs, más recientemente, que había luchado desde 2003 contra un cáncer de páncreas. De Wangari Maathai, la Premio Nobel keniana, la familia “con una enorme tristeza anuncia su muerte, ocurrida el 25 de septiembre de 2011 después de un largo y duro combate contra el cáncer”.

Bien sé que el cáncer, todavía hoy, impone y asusta. Bien sé que, con estas expresiones, queremos realmente mostrar nuestro cariño, nuestra admiración y respeto por las personas fallecidas. Pero, en el fondo, queda la impresión de que han sido derrotadas, de que no han sabido o podido vencer la enfermedad... ¡qué crueldad! A ningún enfermo de otra dolencia le exigimos tanto, ni decimos de nadie que ha fallecido tras una dura y valerosa lucha contra una insuficiencia cardiaca o una neumonía.

Parece ser que el buen ánimo, las ganas de superarlo, ayudan (y yo supongo que ayudan en esta y cualquier otra enfermedad o recuperación física). Sin embargo, estamos dando un paso más, estamos dando a entender que, si el cáncer vence, es porque no hemos luchado con suficiente energía y valor. Como si nuestro impulso personal no fuera un factor positivo más, sino el elemento fundamental y decisivo.

Nos morimos porque estamos vivos; nadie, ni la persona más valiente y más luchadora, puede vencer a la muerte. Esa guerra está perdida siempre. Unas veces morimos de cáncer, otras de sida, otras de gripe o en un accidente de tráfico. A los 20 o a los 89 años, como Miguel Delibes. Son otros los combates que perdemos a lo largo de la vida, en las renuncias o las deserciones personales. Pero, por favor, no presentemos a nuestros muertos de cáncer como derrotados en el campo de batalla. No se lo merecen.

lunes, 28 de mayo de 2012

EL VALOR DE LAS PALABRAS


   Leo que Javier Krahe se enfrenta a juicio por "ofender los sentimientos religiosos" con la emisión de un vídeo, rodado en los años 70 y emitido en 2004, en el que el cantautor enseñaba a cocinar un Cristo. Confieso que no le veo interés al vídeo y entiendo, la verdad, que mucha gente se ofenda. Es más, somos muchas las personas que a diario nos sentimos ofendidas por una u otra manifestación pública de alguna autoridad o celebridad. Yo misma me enervo a menudo con la jerarquía eclesiástica y me ofenden gravemente sus consideraciones acerca de la familia, la maternidad, la sexualidad, la homosexualidad o la función de las mujeres en la sociedad. Muchas veces pienso que, además de ofensivas, son anticonstitucionales.
   Pero a Krahe, mira por dónde, lo han llevado a juicio. Espero que lo absuelvan, porque que la gente se  sienta ofendida no implica que el ofensor haya cometido ningún delito; ni siquiera implica que haya querido ofender.
   Pero las leyes se articulan con palabras, y sobre el lenguaje hay mucho que decir. Hace unos meses publiqué este artículo en La Nueva España sobre el valor de las palabras

Javier Krahe en el juicio

El valor de las palabras

   El escritor alemán Gunter Grass analizaba la situación de su país tras la Segunda Guerra Mundial. En 1945, Alemania está derrotada, las ciudades y las industrias arrasadas, nos cuenta; pero “existía un destrozo mayor: la ideología del nacional socialismo había falseado el sentido de la lengua alemana, la había corrompido y había asolado amplios territorios verbales”. Grass y sus contemporáneos tuvieron que enfrentarse a una lengua contaminada, a términos corrientes que ya no podían emplear  –unión, madre, familia, guía...- porque habían perdido su inocencia, su sentido original; porque al oirlos resonaban las consignas y la ideología nazis.
   Algo parecido nos ocurrió –nos sigue ocurriendo- en España. Las décadas de dictadura franquista enturbiaron de tal modo la lengua española que todavía hoy nos cuesta decir “España”, “bandera”, “patria”, sin que sintamos que nos envuelven los ecos de las montañas nevadas.
   Tuvieron que pasar varias décadas para que la policia y el ejército españoles dejaran de ser el símbolo de la represión y conquistaran el papel –y la consideración social- de cuerpos y fuerzas de seguridad. La última encuesta del CIS nos confirma que el Ejército es la institución mejor valorada por la población española y la única que, además, logra el aprobado; al ejército le costó 30 años de democracia y aciertos; la bandera o la patria todavía no lo han conseguido.
   La historia nos enseña que no es difícil subvertir el valor de las palabras, pero después cuesta mucho recuperarlas, a ellas y a lo que representan. En esta gran crisis que nos toca vivir –peor que la del 29, nos dicen, aunque mejor que cualquier posguerra-, ¿tendremos que aprender otra vez a leer y escribir, como en los primeros años de escuela, para entender el significado actual de cada expresión? ¿Qué revelará nuestro vocabulario acerca de estos tiempos?
   Unos tiempos en los que las oficinas del paro llevan el nombre oficial de oficinas de empleo; en los que a los recortes los presentamos como ajustes; en los que al cierre de empresas lo consideramos deslocalización; a privatizar, externalizar. Una época en la que a las facilidades para el despido las llamamos incentivos para el empleo. ¿Quién puede aclararse en esta confusión interesada y, sobre todo, quién puede decidir qué y cuánto valen las palabras?
   En “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll, Humpty-Dumpty explica que, cuando él usa un término, “significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos”. Alicia le pregunta  entonces si es posible que él pueda hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. “La cuestión –declara Humpty-Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo”.

miércoles, 23 de mayo de 2012

LLEGA LA PRIMAVERA A ASTURIAS

En el mes de marzo, después de las elecciones asturianas, publiqué este artículo. Creo que hoy es un buen día para recordarlo:

   Cambia la luz. Llega la primavera a Asturias y nos envuelve la alegría. En las calles, aparecen brazos desnudos, piernas al aire. Volvemos a vestir colores vivos, a sentarnos plácidamente en las terrazas al sol, perezosos como gatos. Algunos árboles siguen desnudos, pero no nos importa: queremos celebrar los primeros brotes verdes, aunque sea a destiempo. Nos cansan ya la oscuridad, la crisis, la incertidumbre y saboreamos lo que tenemos: este rayo de luz, el sabor del primer café, la sonrisa de nuestra gente. Lo decía Bertolt Brecht en el exilio: “En los tiempos sombríos, / ¿se cantará también? / También se cantará / sobre los tiempos sombríos.”
   Llega la primavera y Asturias, por sorpresa, ha vivido unas nuevas elecciones. Se cierran las urnas y comienzan los tópicos, lugares comunes que nos repetimos unas personas a otras, que desgranamos en público y en privado. Así, decimos que el electorado siempre acierta –que le pregunten, ya que estamos, a Brecht–; que la grandeza de la democracia explica que un partido bisagra con un par de representantes en las Cortes pueda tener más poder de decisión y capacidad para aplicar su programa que otro con siete o con diecisiete; también se explica, apelando a la mística de la democracia, que un partido perdedor pueda acabar gobernando; o que la abstención gane las elecciones, pero no gobierne...
   Porque estos días hablamos también de la elevada abstención como síntoma de que algo falla en el sistema y de que hay que reflexionar sobre el hartazgo o la indiferencia que la provocan. Pero enunciamos el problema, nada más. La escueta realidad es que no tenemos respuestas, quizá porque ni acertamos con las preguntas correctas.
   Decimos que así funciona la democracia, pero más bien parece que así es como falla; afirmamos que estamos interpretando al electorado, pero es una prerrogativa que no otorgamos con la papeleta. Infantilizamos el mensaje y confundimos a propósito: no hay una Democracia intocable y con mayúsculas, hay funcionamientos democráticos mejores y peores. Confundimos la democracia con la organización de la democracia; el ideal general con la regulación particular; el modelo político con su traslación imperfecta a nuestro ordenamiento jurídico.
   El filósofo Ramón Vargas-Machuca estudia desde hace años los indicadores de calidad de la democracias y propone el desarrollo de un baremo estándar y homologado para evaluarlas. Es un camino, mejor en cualquier caso que las lamentaciones vagas y repetidas tras cada cita electoral: sometamos nuestra democracia a examen y, como cualquier estudiante, a aplicarse donde más falta haga. Pero tenemos tantos problemas graves y urgentes que para solucionar este nunca hay prisa, es cierto, aunque tampoco hay tiempo.
   Pensamientos de sobremesa en este tiempo de espera y, por tanto, de esperanza; después de un largo y sombrío invierno, llega la primavera a Asturias.