domingo, 2 de diciembre de 2012

SEXO, ALCOHOL Y OTRAS DROGAS




foto La Voz de Asturias
   Hablamos de alcohol. Asturias, como en el poema de Pedro Garfias que tan bien cantó Víctor Manuel, está “sola en mitad de la tierra”; sola y equivocada, al parecer, porque es la única comunidad que permite la venta de alcohol a mayores de 16 años.

   Es un asunto complejo, donde están en juego muy distintos factores: sanitarios, sociales, educativos o ya casi de seguridad pública: los efectos dañinos del alcohol a edades tempranas, incluso en pequeñas cantidades; su consumo asociado al del tabaco y otras drogas; su relación también con prácticas sexuales de riesgo; los modelos de ocio juvenil, como el botellón, y la falta de expectativas o de alternativas; rendimiento escolar, accidentes de tráfico...

   Y, sobrevolando todas estas razones, hay otra que lo impregna todo: el miedo de los adultos –de los padres y madres-, que queremos mantener a salvo a nuestros adolescentes. Recordamos cómo éramos a su edad y qué errores cometimos y eso pesa en nuestras opiniones y propuestas actuales.

¿Hay que cambiar la norma asturiana? O, por qué no, ¿habría que prohibir el alcohol en España hasta los 21 años, como en otros países? No lo sé. Pero si sé que en este debate acostumbramos a mezclar diferentes ideas y problemas de manera demagógica. Por ejemplo: mucha gente defiende elevar en Asturias la edad de los 16 a los 18 años, y lo hace con dos argumentos fundamentales: porque así es la norma en toda España (se me escapa qué tipo de razonamiento constituye ni qué aporta al debate) y porque las calles están llenas de niños y niñas de 13 años que participan en botellones o que se inician en el alcohol ya en Primaria. Es un dato terrible, estoy de acuerdo, pero a quien bebe con 13 años no le afecta que sea legal con 16 o 18; y lo sabemos. Cambiar la ley no soluciona ese problema, sólo deja nuestras conciencias tranquilas porque creemos que estamos haciendo algo.

   Otra confusión: tratamos de igual modo realidades desiguales. Hablamos a nuestros hijos e hijas –en los institutos, en las casas o los medios de comunicación- de los peligros del alcohol, el tabaco, las drogas ilegales... todo en el mismo saco, como si fuera lo mismo una cosa que otra. Y son asuntos diferentes: una persona fumadora tiene un problema adictivo y sanitario; una persona alcohólica, tiene además un problema personal, social, laboral...

   Pero, dicho esto, es posible beber sin ser bebedor, pero no es fácil fumar sin ser fumador. No creo que queramos una Ley Seca ni una sociedad libre de alcohol; queremos –o quiero- que nuestros hijos e hijas aprendan a beber de manera responsable, que aprendan cuándo –a qué edad y en qué momento-, cómo y cuánto. Me gustaría que pudieran disfrutar, en su futuro adulto, del sabor de un vaso de vino o de unos culinos de sidra, pero no querría que aprendieran a disfrutar de un cigarrillo, ni de una raya de coca ni de una pastilla de diseño. Porque son drogas distintas –del alcohol y entre sí- y su consumo tiene implicaciones  y consecuencias diferentes.
foto La Voz de Asturias

   Quizá estamos confundiendo a nuestra juventud con este discurso negativo donde todo es igualmente malo y prohibido. La doctrina vaticana recomienda, respecto al sexo, la abstención como el mejor y único medio para combatir el contagio de enfermedades o los embarazos no deseados. A veces, en este asunto del alcohol, me parece que somos como el Papa: consumo cero y abstención. Y con los mismos resultados.

viernes, 21 de septiembre de 2012

VIOLENCIA


   A finales de los años 50, el profesor y arquitecto Bonaventura Bassegoda, una autoridad en Cimientos Profundos, siempre comenzaba sus clases con un buenos días para indicar, a continuación, los años, meses y días exactos que su hija llevaba muerta. Joan Margarit, antiguo alumno suyo en Barcelona, nos cuenta que él y sus compañeros tenían entonces apenas veinte años y que jamás ninguno sonrió siquiera ante aquella muestra de desolación. Medio siglo después, en su libro “Joana”, Margarit piensa en ese profesor cuando él mismo es “una amarga sombra suya / porque mi hija, ahora hace dos meses / tres días y seis horas / que tiene sus profundos cimientos en la muerte.”
Joan Margarit

   ¿Cómo sobrevivir a la muerte de los hijos? Ruth Ortiz, como antes hicieran Bassegoda y Margarit, recorre ahora un territorio que a cualquier persona le espanta tan solo imaginar. Pero, en su caso, el dolor tiene que ser mayor –si tal cosa es posible-, porque no fueron la enfermedad ni la fatalidad las que terminaron con la vida de sus pequeños. Todo apunta a que fue su marido el que, como castigo por la separación, quiso causarle a su esposa el más grande de los daños posibles. Y ese daño no es la muerte –un visto y no visto-, sino la amargura y la tristeza diarias, sufridas hora tras hora. Para este padre, según se desprende de la investigación policial, sus niños no eran dos personas amadas, carne de su carne; no eran ni siquiera personas, tan solo un objeto, un instrumento de venganza, útiles para torturar a la madre. Cuánta razón tiene Ruth Ortiz cuando afirma que sus hijos –Ruth y José- son solo suyos, porque nunca tuvieron padre…

   Pese a todo, queremos creer en la bondad humana, en la naturaleza básicamente buena del ser humano. Nos empeñamos, pero no es fácil si repasamos desde los pequeños actos mezquinos y crueles de la vida diaria a las guerras o los genocidios. O si pensamos en crímenes como los que se atribuyen a José Bretón, donde sólo podemos ver una maldad sin fisuras, una voluntad de destrucción a cualquier precio, por encima de cualquier mínimo sentimiento de afecto, cualquier pensamiento ético o cualquier instinto protector.

   La desaparición de los pequeños Ruth y José sacudió a toda la sociedad. Primero, porque toca uno de los terrores profundos de cualquier persona adulta, el de perder a un hijo o una hija, más desgarrador cuanto más pequeños y vulnerables. Y, en segundo lugar, porque todos los indicios señalan al padre y esa posibilidad desbarata creencias muy firmes, trastorna un principio básico sobre el que se organiza la sociedad y la propia supervivencia de la especie.

   Pero estos días leemos también que han muerto ahogados un padre y su hijo, el primero intentado salvar al segundo; y hemos sabido que, de las doce personas asesinadas en Colorado en el estreno de Batman, al menos tres murieron protegiendo con sus cuerpos a sus seres queridos... En estos y otros casos similares comprobamos que, en esos segundos de pánico y confusión ante un peligro mortal, prevaleció la voluntad de protección frente al instinto de conservación. Como si fuera una balanza, las personas necesitamos equilibrar la maldad y la infamia que acabaron con la vida de Ruth y José con estos actos de generosidad. Necesitamos seguir confiando en el ser humano, aunque quizá a esta madre nada de esto la pueda reconfortar. Quizá a Ruth Ortiz sólo la calme saber lo mucho que los ama y que ya no conocerán sus hijos ni un solo instante de desamparo en compañía de ese padre. También nos lo decía Joan Margarit: “Por débil y pequeña que en la noche / llegue a ser la ventana iluminada, / este es mi consuelo: / no habrá más desamparo ya que el mío”

UN PREMIO REPETIDO


   No voy a comentar siquiera el hecho de que, entre los 26 premiados con el Príncipe de Asturias de los Deportes, sólo haya 5 mujeres. La Fundación no es responsable de estos “resultados deportivos”, pero sí el Jurado –los hombres y las mujeres que lo componen-  y debería dedicar unos minutos a estos datos y compararlos, por ejemplo, con los obtenidos por España en las últimas olimpiadas: 11 medallas de las deportistas frente a las 6 de sus compañeros. No parece que haya una correspondencia, ni un mínimo equilibrio, entre los resultados reales –las competiciones- y el reconocimiento y prestigio social –los diversos premios o los contratos millonarios-.

   Es ya un lugar común reconocer la buena labor de la Fundación Príncipe de Asturias. Como asturiana y ciudadana de Oviedo, me gusta todo lo que nos aporta en proyección, visibilidad y renombre internacionales. De hecho, estos premios alcanzaron tal prestigio que podrían ya atreverse a galardonar a personas valiosas por sí mismas, sean o no famosas o mediáticas. Un proyecto que nace no se consagra con premiados anónimos, por más solventes que sean, incapaces de congregar alrededor a más de un fotógrafo; pero los Premios Príncipe ya han pasado ese momento inicial y, si bien no tienen que apostar por nombres de bajo perfil público –ni mucho menos, seamos realistas-, sí que han de eludir el recurso fácil a la popularidad.

   El Premio de los Deportes ejemplifica a la perfección estos riesgos. Porque a menudo reconoce a los ya archirreconocidos –los hombres más famosos- o porque se deja arrastrar por la pasión de la última competición y elige a deportistas –como ocurrió con Alonso en 2005- en un momento de gloria, pero no en uno de madurez o trayectoria consolidada. Y, para intentar arreglarlo, en 2007 recae el galardón en Schumacher, este sí el rey y heptacampeón de la Fómula I, con lo que el resultado es mucho coche en poco tiempo, por una parte,  y numerosas disciplinas deportivas ausentes, por la otra.

   En fin, que en 2010 la selección española de fútbol recibió el Premio Príncipe de los Deportes y ya acudieron Casillas y Xavi al teatro Campoamor, así que la noticia de este año parece un “deja vu”. ¿Por qué les hacen ese dudoso favor a ellos y no, por ejemplo, a Puyol y Raul, también de equipos rivales? ¿O a Villa, Cazorla y Mata, asturianos los tres? ¿O a Cristiano Ronaldo, que está triste? Si Casillas y Xavi son sensatos, y lo parecen, pensarán que este premio es inoportuno y que casi les resta más que les suma.

   Me gusta el deporte, admiro a Alonso, Casillas y Xavi. Pero no hay que abusar y, sobre todo, no hay que pasarse tanto con el fútbol. Dice John Carlin que es algo grande y se disfruta más de un buen partido que de casi cualquier otra cosa en la vida, y mucha gente estará de acuerdo. Pero hay muchos deportes y muchas deportistas en los que el Jurado debería pensar antes de repetir y conceder, por segunda vez, el mismo premio a los mismos jugadores.

martes, 28 de agosto de 2012

DIENTES DE ORO


   Vemos rostros hipertrofiados, con labios abultados y mejillas excesivas. Los vemos en todas partes, pero se concentran en determinadas series de televisión norteamericanas, en algunos programas televisivos nacionales, en ciertos lugares de encuentro de la llamada gente guapa.

Mickey Rourke
   Son, más a menudo o de manera más evidente, rostros de mujeres; lisos e indistinguibles, lucen expresiones de asombro permanente y coronan cuerpos delgados de adolescentes. Caras sin edad, ni jóvenes ni viejas, extrañas nada más. Más-caras irreales, un poco más infladas cada año, retocadas a simple vista e inexpresivas.

   Al principio, las veíamos y pensábamos que era un intento inútil, que a nadie engañaba esa apariencia. Todo el mundo, creíamos, era consciente de esos rostros operados, imposible ocultar la edad. Nos parecía una aspiración fracasada, patética casi en su ingenuidad: pobres gentes empeñadas en huir de las arrugas, del paso del tiempo, de la muerte tal vez.

   Pero los pobres e ingenuos éramos nosotros. Porque hay otra manera de verlo: no es una  cuestión de estética, es un asunto de poder. Quien lleva orgullosamente ese aspecto no quiere convencernos de que ese es su rostro, esa es su edad. Quiere decirnos, simplemente, que se presenta así porque puede.
Carla Bruni, a la que los medios seguían
 refiriéndose, siempre, como una mujer
muy hermosa, con la característica cara
de asombro.

   Y he recordado los dientes de oro. ¿Por qué estuvieron –y parece que vuelven a estar- tan de moda? Desde luego, no porque parecieran auténticos y pasaran desapercibidos, sino porque eran una clara exhibición de riqueza. ¿Que estropeaban la sonrisa? Bueno, se notará que este diente no es mío, diría un poseedor ufano; pero se ve que es de oro, y eso es lo que importa.

   Los seres humanos usamos las joyas, las ropas o los tatuajes para embellecernos, para abrigarnos o protegernos y, a la vez, para comunicar a los demás nuestra posición en la jerarquía social. ¿De qué nos sirve ser poderosos, ay, si nuestros vecinos no se dan cuenta? Siempre hemos hecho ostentación de nuestro estatus: hace miles de años, con collares de conchas o pieles teñidas; después, con sedas y piedras preciosas; con nuestros coches y nuestras casas. Con nuestros dientes de oro.

   Estas caras abombadas son como una joya que se luce, los nuevos pendientes de diamantes, la capa y el cetro del jefe del clan. Es un signo visible de poder, una exhibición de opulencia que no se quiere disimular, que no puede pasar desapercibida. Es el nuevo diente de oro.

Cayetana de Alba: es poderosa, lo sabe y lo demuestra
en su vida y en su rostro.

   Y dentro de unos años, muy pocos, nuestras arrugas serán quizá el distintivo de los desheredados; seremos la boca desdentada del que no podía pagarse unos buenos dientes de oro.

sábado, 25 de agosto de 2012

ABORTO Y DEPORTE: ES COSA DE HOMBRES

                        

   ¿Qué tienen en común el deporte -el alto mundo del deporte- y el aborto? Que es cosa de hombres. Los resultados de estos juegos olímpicos en España -más medallas femeninas a pesar de tener ellas menos apoyo institucional, menos reconocimiento público, menos patrocinios, menos oportunidades y menos opciones y presencia en las federaciones- han hecho reflexionar y espero que ayuden u obliguen a bastantes cambios. Pero en los ámbitos de decisión siguen sentándose hombres poderosos a los que el deporte femenino les parece una concesión: existe el Deporte -sin adjetivos, que es el de los hombres- y después hay también un deporte femenino...
Medallistas olímpicas Londres 2012

   Y, respecto al aborto, qué podemos decir: desde la jerarquía de la iglesía católica -exclusivamente masculina- a nuestro actual ministro de Justicia, siempre hay algún varón dispuesto a decidir por nosotras.

   Dos artículos sobre estos asuntos.



ES COSA DE HOMBRES

   Quién lo diría, pero el fútbol, igual que el coñac Soberano de los años 60, todavía “es cosa de hombres”.

   Hay muchas mujeres en las gradas, sí, y entre los niños que salen al campo de la mano de los futbolistas hay cada vez más niñas. Pero estas chicas son una presencia testimonial y, como jugadoras, apenas existen. A la hora de la verdad, para la inmovilista y poderosa federación de fútbol, para las instituciones españolas, para los patrocinios o los medios de comunicación, el deporte estrella es, sobre todo y ante todo, cosa de hombres.

   Basta comprobar cómo la selección española o los grandes partidos de la Liga vacían las carreteras o los cines en la misma proporción en que llenan los informativos o los diarios, mientras que la selección de mujeres nos pasa inadvertida; basta comparar los presupuestos anuales de cualquier modesto club masculino de regional con los de los equipos de primera división femenina, que sobreviven con menos de la décima parte pese a estar en lo más alto de su categoría.

   Es cierto que hay grandes intereses económicos, que el fútbol masculino mueve masas y el femenino no y, por eso, ellos se pueden permitir grandes sueldos, patrocinios y cobertura mediática. Pero también, como en el huevo y la gallina, puede pensarse al revés: ese deporte de hombres interesa a todo el mundo porque machaconamente se le da cobertura pública y, en consecuencia, acaba gustando y generando negocio.

   Sara Carbonero es un ejemplo más, peculiar y quizá no el más representativo. Es cierto, por una parte, que rentabiliza ventajosamente su situación personal, pero también lo es que actúa en un sector donde las profesionales –sean médicas deportivas o periodistas- son minoría y lo tienen difícil. Repasemos: en el Mundial de Sudáfrica era una entre los miles de reporteros que sus empresas enviaron a cubrir los partidos; su novio, Iker Casillas, era uno de los tres porteros –y el titular- de la selección española. La Roja comenzó mal y se lanzó el anatema contra la novia culpable, reclamando que abandonara su puesto y volviera a España porque –hay que tener valor para atreverse a decir algo así en el siglo XXI- “desconcentraba” a su chico. Un amigo, con mucho sentido común, me confesaba no entenderlo: los dos estaban allí trabajando y nadie se cuestionaba la concentración de la periodista. Si el que fallaba era él y no podía centrarse en su bien pagada labor, pues que lo sustituyeran y asunto resuelto.

Jugadoras del RCD Espanyol, ganadoras Copa de la Reina 2012
   Ganó España y, dos años después, nos jugamos la Eurocopa. Nadie puede sostener ya, vistos los resultados del Mundial, que Carbonero distrae al capitán, pero el españolito miserable que muchos llevan dentro algo tiene que decir; le cuesta digerir a Sara Carbonero, porque es una chica guapa a rabiar, inteligente y triunfadora. Porque es la novia del mejor portero del mundo, un chaval de Móstoles con aire de buen rapaz. Porque, en vez de contentarse con promocionarse como modelo o como esposa y madre, igual que otras mujeres de futbolistas, se empeña en cultivar su carrera de periodista a la vez que mantiene un alto perfil público.

   Para el deporte, Sara Carbonero es una intrusa que no quiere ceñirse a un único papel preestablecido y que representa muchas cosas que una parte de la sociedad ambiciona y a la vez teme. Por eso, como respuesta, hay un sector rancio que incendia las redes con comentarios que la descalifican. Es un mundo de hombres, en el que la Copa del Rey llegó a convertirse en asunto de Estado a cuenta del himno y la pitada, mientras que a la Copa de la Reina, de fútbol femenino, no asistió nunca la anfitriona.





CLANDESTINAS


   Lo que más siento es volver a la minoría de edad. Y mira que nos están pasando cosas; más que pasar, nos azotan al paso, nos flagelan las espaldas y son como una escalera de penitencia cuyos peldaños ascendemos, de rodillas, viernes a viernes. No son palos de ciego, como a veces podemos pensar. Son golpes muy inteligentes y certeros contra las clases medias y populares.

El Ministro Gallardón,
visto desde la revista satírica El Jueves
   Pero con todo, decía, lo que más siento es volver a la minoría de edad. Hace ya muchos años que las mujeres españolas conseguimos que se nos reconociera plena capacidad jurídica. Así dicho no parece gran cosa, pero alcanzar ese reconocimiento legal nos costó siglos, no bastó con 18 años: la mayor parte de las asturianas nacimos en un país donde esa potestad le correspondía al padre o al marido. Donde sólo había jueces –la ley no permitía que hubiera juezas- o ministros. Y donde el argumento último e hipócrita que justificaba esa situación era, en definitiva, que se hacía por nuestro bien: reinas del hogar para que no tengamos que enfrentarnos al duro mundo; incapaces de saber lo que nos conviene a la hora de gestionar nuestros bienes, nuestras propiedades o nuestro estilo de vida. Menores de edad, en definitiva, para decidir.

   El ministro de Justicia anuncia ahora una reforma de la ley del aborto que nos situaría a la cola de Europa; que nos hará volver a la época de la clandestinidad: si tienes medios, abortas en el extranjero; si no los tienes –y cada vez más gente no los tiene- te arreglas con una aguja de tejer porque, lo que los datos históricos demuestran, es que el aborto se practica aunque la legislación lo prohíba; una reforma que condenará a sufrimientos inhumanos a bebés que nazcan con malformaciones gravísimas y también a sus familias –y recordemos que esas familias se están viendo privadas cada vez más de apoyos sanitarios y sociales, recorte tras recorte-.

   El ministro confunde el ámbito de sus convicciones personales –respetables, si es que son coherentes con las que hace públicas- y el de la legislación aplicable a todos los españoles y españolas: no estaría bien que un ministro preocupado por la superpoblación nos obligara a abortar, ni que otro nos quiera obligar a tener hijos. Llevar a término un embarazo, con o sin malformaciones del feto, es una cuestión trascendental y, sea cual sea la decisión, se ha de vivir con ella toda la vida. Por eso ha de ser necesariamente una decisión personal, no estatal. Así de simple y así de duro, difícil y doloroso a veces para las mujeres y las familias.

    Pero de manera perversa, este ministro enreda los argumentos y afirma que hay “una violencia de género estructural contra la mujer” que muchas veces le impide “ejercer su derecho por excelencia a ser madre” y que nos quiere ayudar a realizarnos sin trabas. Se ve que, hasta que él llegó, no éramos capaces de decidir en libertad. Volvemos a ser inmaduras, irresponsables, a necesitar que alguien, desde arriba, decida por nosotras. Alguien que quiere convertir ese derecho a ser madres del que nos habla en la obligación de serlo: es lo que nos conviene y él lo sabe. Y frente a esa convicción, frente a la fe del fundamentalista, ya no hay razonamiento posible. Sabe que seguirá habiendo abortos, pero en resumen nos dice: la ley llegará hasta aquí; el resto, te lo pagas.

domingo, 24 de junio de 2012

A CABALLO



Nunca habíamos tenido en Occidente tan poca población joven como ahora; como soy de natural optimista y creo en el progreso social y humano, no me sumo a las voces derrotistas que hablan siempre de lo mal que está la juventud; al contrario, creo que nuestros chicos y chicas son, en su inmensa mayoría, más respetuosos, tolerantes, cultos y "ciudadanos" que hace cien años, cuando la educación era todavía el privilegio de unos pocos. Pero también- nada es perfecto-,  y quizá por sobreprotección,   podemos observar algunos aspectos no tan positivos en cuanto a autonomía personal. De estos asuntos hablo en este artículo, que publiqué hace unos meses en La Nueva España.


A CABALLO
Children on horses, Montana. Griffith & Griffith, Chicago


Los caminos de la libertad en la infancia

   En la estupenda novela Una temporada para silbar, Ivan Doig nos habla de un pequeño pueblo de Montana, el estado norteamericano en el que nació el propio autor en 1939. Son muchas las historias y los personajes, los datos y detalles de un tiempo perdido con los que disfruté estos pasados días festivos; y una circunstancia, en apariencia anecdótica, llamó mi atención: los niños y niñas de aquella escuela rural unitaria en Marias Coulee iban a clase a caballo; a diario, desde los seis años, recorrían kilómetros de ida y vuelta, con su almuerzo en el macuto, con frío y calor, con lluvia o nieve. Los hermanos mayores cuidaban de los pequeños y, desde las distintas granjas, se iban esperando en los cruces para acompañarse, pero a fin de cuentas eran siempre críos y crías que aprendían a desenvolverse en su entorno, sin adultos. Recibían indicaciones claras -en caso de tormenta brusca, de peligro, buscarían amparo en la primera casa a la vista- y se confiaba en su buen juicio.

   Esa historia, ambientada en 1910 al paso del Cometa Halley, me hizo recordar nuestra niñez en Asturias y la de nuestros padres y madres; no muy diferente, en esencia, de las infancias danesas, suizas o norteamericanas que, a un lado y a otro del Atlántico, fueron a la escuela en bici, en trineo o a caballo. Y no pensé en la progresión educativa –cierta-, sino en la regresión de la autonomía personal que imponemos a los más jóvenes desde entonces.

   Es cierto que las ciudades han cambiado, unas mucho más que otras, y son más hostiles, menos hospitalarias; es cierto que los nuevos modos sociales nos hacen vivir de manera más aislada: somos cada vez menos tribu –no pediríamos a ninguna criatura hoy en día que se refugiara en la primera casa a la vista- y más célula individual y familiar desconectada. Pero, por lo general, nos rodea una razonable seguridad. ¿Dónde nació entonces este miedo que nos lleva a sobreproteger, a mantener a nuestros hijas e hijos en ambientes cerrados y controlados, como los centros comerciales, o pegados a nuestro costado y nuestra vista? ¿Cómo aprenderán a crecer y a desenvolverse en sus medios, sean las altas praderas de Montana o las calles y plazas de nuestra ciudad?

   El debate está ahora encima de la mesa; ahora, que se comprueban las limitaciones de estas primeras generaciones de niños y niñas que nunca pudieron cabalgar solos; ahora, que decidir a qué edad pueden nuestros pequeños volver solos de clase y vencer además la propia mala conciencia requieren a la vez un master y un terapeuta. Ahora, que sabemos que las personas adultas vivimos con más confianza y seguridad si en la infancia han confiado en nosotras.

   No es bueno volver la vista atrás con nostalgia, pero sí recordar lo que de bueno haya en la memoria –porque, como también nos dice Doig, “la luz del recuerdo es a la vez detallista, mágica y fiel, como no lo es nunca el tinte barato de la nostalgia”-. Y esos niños y niñas de Montana se me aparecen, en el recuerdo, libres a caballo hacia su escuela, eligiendo el camino de la vida entre los caminos posibles en los pastos.

martes, 5 de junio de 2012

VENCER AL CÁNCER




El pasado domingo, día 3 de junio, más de 5.000 mujeres solidarias con el cáncer de mama corrieron por Gijón, con sus camisetas rosas. En febrero, cuando celebrábamos el Día Mundial contra el cáncer, publiqué esto en La nueva España y hoy me gusta volver a recordarlo:

La "mareona rosa" (foto El Comercio)

Leo la nota necrológica de alguien que ha muerto de cáncer y me tropiezo, una vez más, con las expresiones acostumbradas que empleamos en estos casos. A medio camino entre el elogio y el dolor, se presenta esta enfermedad –y solo esta- como una lucha, como un contienda entre la persona y su cáncer; empleamos un vocabulario guerrero y heroico –“luchó valientemente”, o “empeñó sus fuerzas en la batalla contra el cáncer”, o “se enfrentó con valor”- y presentamos la conclusión, la muerte, como una derrota personal: “pero la enfermedad acabó venciendo”, “no pudo ganar la batalla”...

Podemos comprobarlo en unos clics de ratón: de Miguel Delibes, ya anciano, dijimos que había muerto tras una larga lucha contra un cáncer; de Steve Jobs, más recientemente, que había luchado desde 2003 contra un cáncer de páncreas. De Wangari Maathai, la Premio Nobel keniana, la familia “con una enorme tristeza anuncia su muerte, ocurrida el 25 de septiembre de 2011 después de un largo y duro combate contra el cáncer”.

Bien sé que el cáncer, todavía hoy, impone y asusta. Bien sé que, con estas expresiones, queremos realmente mostrar nuestro cariño, nuestra admiración y respeto por las personas fallecidas. Pero, en el fondo, queda la impresión de que han sido derrotadas, de que no han sabido o podido vencer la enfermedad... ¡qué crueldad! A ningún enfermo de otra dolencia le exigimos tanto, ni decimos de nadie que ha fallecido tras una dura y valerosa lucha contra una insuficiencia cardiaca o una neumonía.

Parece ser que el buen ánimo, las ganas de superarlo, ayudan (y yo supongo que ayudan en esta y cualquier otra enfermedad o recuperación física). Sin embargo, estamos dando un paso más, estamos dando a entender que, si el cáncer vence, es porque no hemos luchado con suficiente energía y valor. Como si nuestro impulso personal no fuera un factor positivo más, sino el elemento fundamental y decisivo.

Nos morimos porque estamos vivos; nadie, ni la persona más valiente y más luchadora, puede vencer a la muerte. Esa guerra está perdida siempre. Unas veces morimos de cáncer, otras de sida, otras de gripe o en un accidente de tráfico. A los 20 o a los 89 años, como Miguel Delibes. Son otros los combates que perdemos a lo largo de la vida, en las renuncias o las deserciones personales. Pero, por favor, no presentemos a nuestros muertos de cáncer como derrotados en el campo de batalla. No se lo merecen.