miércoles, 19 de diciembre de 2012

EQUIVOCARSE


   Un líder político hace unas declaraciones en la radio y afirma, rotundo, que las bases no se equivocan nunca.
   No sé por qué comencé a darle vueltas; y pensé, ¿cómo se mide el acierto o desacierto de una decisión? Porque, en la práctica, no es factible comparar los resultados de la alternativa elegida con los hipotéticos efectos de la desechada.
   No debería sorprenderme esa afirmación, porque es ya realmente un tópico, un lugar común de las declaraciones públicas. Quizá, pensé, era una manera educada de salir del paso y de decir algo que siempre queda bien. Una frase de relleno, como tantas, como el “buenas tardes” con el que saludamos aunque llueva y el tiempo sea horrible.
   Pero, ¿de verdad lo creemos? A diario repetimos comentarios edulcorados porque son convenientes, porque sería escandaloso, impopular o peligroso plantear lo contrario o tan siquiera cuestionarnos en voz alta la vigencia de esos valores asumidos.
Los líderes asturianos de Foro y PP  en una de las escenas clave de su representación teatral
   Supongo que actuamos así por comodidad, por demagogia también y porque, en el fondo, pensamos que la gente no es –no somos- lo bastante lista como para entender ideas o situaciones complejas. Lo hemos comprobado largamente en Asturias con la representación teatral del acuerdo entre Foro y PP, en cartelera durante dos meses: sus dirigentes nunca decían lo que realmente pasaba y pensaban, porque no confiaban en la inteligencia y el sentido común de su electorado. En sus declaraciones públicas alababan el hermoso traje pactado del emperador, pero todo el mundo veíamos y sabíamos que el soberano iba desnudo.
   Tanto mensaje vacío hace que no escuchemos, porque en verdad no hay nada que escuchar. Si desde los espacios públicos se nos habla como si fuéramos de entenderas cortas, ignoraremos esa cháchara  pretenciosa y hueca. Si nos dicen lo que queda bien, lo creamos o no, lo notaremos y daremos la espalda. Si alabamos un traje inexistente, damos la medida de nuestra propia altura. Para variar, podemos probar a hablar como si cada palabra valiera su peso en oro, empleándola solo cuando diga exactamente lo que queremos decir, y no lo que queremos que escuchen.
   Cuando proclamamos que el pueblo o las bases nunca se equivocan, ¿es un dogma de fe para creyentes, como la infalibilidad del Papa? Hasta donde la lógica me alcanza, todos los seres humanos, uno por uno, nos confundimos. Es el riesgo que corremos en cada elección. ¿Por qué lo asumimos en un individuo y, sin embargo, mantenemos como un axioma que la suma de varios –las bases- siempre escoge bien? Yo creo que, si nos replanteamos estos mandamientos nunca escritos, no cuestionamos ni ponemos en peligro la democracia; al contrario, es una señal de madurez del sistema aceptar tranquilamente que unas decisiones son más acertadas que otras; comprender que a veces se confunden quienes tienen la responsabilidad de elegir, sea con su voto anónimo o con su firma ministerial.
   No podemos caer en la mística de la infalibilidad popular porque, en el fondo y paradójicamente, es dudar de la inteligencia popular. No se trata de acertar siempre; se trata, más bien, de quién tiene la legitimidad y la competencia para decidir en cada caso: las bases, el pueblo o la vicepresidenta. Y lo que las bases han querido puede parecernos más o menos acertado, podremos estar más o menos de acuerdo, pero a ellas les correspondía tomar esa decisión. Y eso es también la democracia.




LA MULA Y EL BUEY


   Benedicto XVI publica “La infancia de Jesús” y, recién presentada la obra, se ha desatado la polémica.
   El papa dice que no había mula ni buey en el portal de Belén y ya se han pronunciado desde los fabricantes de figuritas navideñas a las asociaciones belenistas. ¿Qué pasará, se preguntan, con las tradiciones, los villancicos, los pesebres y la imaginería catolica de los últimos siglos? Era una creencia inocente, dicen las personas más piadosas, ¿qué necesidad había de arremeter contra ella? Y las más irreverentes o descreídas comentan que es el signo de los tiempos y hasta el portal llegan los ERE y las reducciones de plantilla...
   Bromas aparte, lo cierto es que Ratzinger dice muchas más cosas: sitúa el nacimiento en un momento determinado de la historia (lamentablemente, en el año quince, y no en el cero como habríamos esperado); aventura que los Reyes Magos pudieron ser andaluces, traza la genealogía, ilustrísima, de Jesús y concreta el desarrollo histórico y geográfico de los hechos. Quizá porque escribe desde la fe, le resulta irrelevante que los datos conocidos contradigan su versión.
   El autor no se limita a construir un relato, más apoyado, eso sí, en la teología que en la documentación. Por momentos, se parece más al narrador omnisciente, al novelista clásico que conoce a sus personajes y nos dice lo que hacen y también lo que piensan y sienten: por ejemplo, que María era una mujer “valerosa, de gran generosidad”, que preparó “sin sensiblería” el nacimiento de su hijo. Ningún historiador riguroso se atrevería a hacer esas afirmaciones, ninguna persona razonable elevaría a rango de conclusiones lo que solo pueden ser suposiciones. Pero aquí hablamos de fe.
   Y, sin embargo, parece que molesta. Molesta, sobre todo, a quienes cuestionan estos días la oportunidad de este libro, más que un detalle u otro. Desde adentro y desde afuera de la iglesia, juzgan casi frívolo que el obispo de Roma se entretenga en estos asuntos menudos y pasados en vez de emplearse a fondo en afrontar problemas graves y urgentes de su grey y del mundo.
  Yo puedo entender el disgusto de la gente católica, pero no puedo estar de acuerdo con la laica, la más crítica en esta ocasión. De ninguna manera. Es más, creo que el líder de una religión tiene que hablar justamente de eso, de religión, de los evangelios y de las vidas de los santos. De lo que había o faltaba en el portal de Belén... ¿O preferimos que hable del matrimonio indisoluble, del pecado de la homosexualidad, del papel de la mujer en la sociedad o de los anticonceptivos? ¿Queremos que nos diga a quién votar en las elecciones o que nos cuente quién era María, cómo y dónde nació su hijo Jesús?
   Es mejor así, porque cuando el papa de Roma habla, sus palabras dan la vuelta al mundo o, al menos, a nuestro mundo. Cuando despliega su voluntad de imponer los valores y modelos de vida cristiana al conjunto de la sociedad, en España lo vemos transformarse en un formidable agitador, capaz de movilizar a las fuerzas vivas y a las masas, de conquistar las calles y los palacios, con un poder que extrañamente le otorgamos y que supera con creces al que ostenta y le corresponde.
    Lo resumía un amigo, con mucha inteligencia: “El jefe de una pequeña potencia extranjera que, además, es una dictadura... no deberíamos tenerlo en cuenta”. Pero lo cierto es que lo tenemos. Y, cuando por fin habla de Cristo, nos quejamos también... Es que no aprendemos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

BARÇA, GUARDIOLA Y POESÍA



  El Barça vuelve a superar hoy sus propias marcas, rubricando el mejor comienzo de Liga de sus historia. Y, pese a todo, recuerdo lo que escribí hace unos meses, cuando Guardiola anunció su marcha. Era así:


ESPLENDOR EN LA HIERBA 

 Guardiola deja el Barça. Y, lo primero que se me viene a la cabeza, es “Esplendor en la hierba”, la película dirigida en 1961 por Elia Kazan y protagonizada por Warren Beatty y Natalie Wood. Es la historia de una joven pareja enamorada, de las presiones sociales y familiares que terminan por separarla; años después, vemos que sus vidas siguen caminos diferentes y resignados, que ninguno de los dos consiguió ni de lejos la felicidad y la plenitud que presintieron y a la que aspiraron juntos; es entonces cuando se encuentran y ambos son conscientes de que sólo les queda el consuelo melancólico de los versos de William Wordsworth que dan título a la película: “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, / que entonces me deslumbraba; / aunque ya nada pueda devolver / la hora del esplendor en la hierba / de la gloria en las flores, / no hay que afligirse. / Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.”

   La relación entre un viejo poeta romántico inglés, una película de Kazan -ganadora de un Oscar y con una Natalie Wood en el que muchos consideran su mejor papel- y un club de fútbol español va más allá del simple juego de palabras: es cierto que el Barça de Guardiola juega muy bien, que la elegancia y la inteligencia con la que se mueven los jugadores en la hierba del campo es, verdaderamente, espléndida. Pero hay mucho más.
Natalie Wood y Warren Beatty en Esplendor en la hierba
Porque a veces eso ocurre en los proyectos humanos; hay momentos redondos en las empresas, en núcleos familiares o sentimentales, en grupos de intelectuales o de artistas, en asociaciones o en clubes…; momentos en los que se combinan una serie de circunstancias internas y externas para que se alcance un estado dorado y cenital, una luminosidad especial e irrepetible.

  El Barça, el Real Madrid y, a veces, algún otro equipo español, se han alternado para ganar la liga, para jugar mejor que el resto; han estado en competiciones internacionales, han acogido  en sus equipos a primeras figuras del fútbol mundial y han aportado, a su vez, grandes nombres al repertorio de los clásicos y a los equipos de otros países. Así es el fútbol, nos dicen, hay ciclos; ningún equipo puede ganar siempre ni puede ganar todo. Y será cierto.

   Pero este Barça de Guardiola no sólo ha ganado, no solo ha conquistado más títulos que con cualquier otro entrenador; ganar también sabe el Madrid y lo seguirán repitiendo uno u otro. Este Barça ha hecho mucho más: ha cambiado la propia concepción del fútbol, ha reinventado el juego y ha obligado a sus rivales a entrar en ese nuevo planteamiento, aunque no sea más que para combatirlo: mejoraba el equipo blaugrana y, a la vez, hacía mejores a los rivales.

Y lo ha hecho con la cantera: con un entrenador, se ha dicho tantas veces, que fue recogepelotas con 12 años, culé desde la partida de nacimiento y jugador de la casa. Pero, además, era el técnico del filial y, no nos engañemos, a ese nivel el fútbol es clasista como la más rancia aristocracia: hay una élite de entrenadores de primerísimo nivel que es una lista cerrada como el Gotha y sólo quienes la integran tienen el privilegio de ir de uno a otro club, con resultados buenos o malos. Guardiola no estaba en esa élite y la decisión de elegirlo a él como sucesor de Rijkaard, lo hemos olvidado en cuatro años, causó estupor; parecía arriesgada y un poco suicida.

Guardiola, manteado por sus jugadores, en una imagen de ABC
   Guardiola es una persona de médula barcelonista, que privilegió la cantera en sus alineaciones; que impuso un fútbol coreográfico y talentoso, que gusta más cuanto más sabes; que tiene y retiene en sus filas al que todos consideran el mejor jugador del mundo, cierto, y sigue contando también con Eric Abidal; que aportó a la selección española, campeona por primera vez en un Mundial, bastante más que mucho en jugadores y estilo; que se presenta como una persona humilde y reflexiva –“el filósofo”, dice Ibrahimovic queriendo insultar-, pero lo percibimos como alguien inteligente y culto, que dignifica un deporte que no tiene por qué interesar solo a brutos monotemáticos.

   Pienso en Xavi o Puyol, deportistas con un recorrido a sus espaldas y a los que no quedan demasiados años en activo; que han levantado la copa del Mundial y tantas otras, que han vivido los mayores instantes de gloria que ningún futbolista español haya conocido. No vivirán ya nada igual: seguirán jugando muy bien, Tito Vilanova será excelente y el Barça volverá a ganar la liga unas veces sí y otras no, también sin ellos. Pero estos años fueron otra cosa, estos fueron los años del esplendor en la hierba. Y aunque ese puro destello de genio y talento que nos deslumbró no se llegue a repetir, nos consuela su recuerdo, como a Natalie Wood y Warren Beatty el de su amor; porque persistirán en la memoria la belleza y la fuerza deportiva de aquellos magníficos partidos de la era Guardiola.


PIEL DE TORO


   La península ibérica, decía el geógrafo griego Estrabón hace ya más de 2.000 años, parece una piel de toro. Y desde entonces, con esta costumbre que tenemos en España de ignorar a Portugal, nos hemos adueñado de la expresión de tal forma que la piel de toro y la propia península si me apuran son sinónimo de España.

   Con esa idea crecimos, repetida en la publicidad, en los medios de comunicación, en los libros de texto o en la literatura; la cantó el poeta Salvador Espriu y la evoca el gigantesco toro de Osborne que yergue sus 14 metros de altura, erigido en emblema patrio, por las carreteras de España.

   Pero la imagen me deja indiferente o, más bien, me produce un cierto desagrado. Me dice la razón que esa estampa debería estar firmemente arraigada en mi conciencia, pero no hay manera de que consiga emocionarme. Puede deberse, es cierto, a que en Asturias no sabemos muy bien para qué vale un toro, ahora que no sirven ni para cubrir a las vacas. Si hasta nos produce extrañeza que nos lleguen los extranjeros preguntando por los tablaos o los toros, porque para nosotros un encierro tiene más que ver con una forma de reivindicación laboral que con una suelta de animales por las calles.

   Pero también a que es un símbolo al que hemos cargado de tantas connotaciones belicosas que resulta bien difícil cogerle cariño: la sangre, la lucha, la muerte son las primeras palabras que asocias a la piel de toro. Y, si entramos ya de lleno en los tópicos, también podemos hablar de la bravura y la casta. Todo demasiado combativo, demasiado agresivo para mi gusto.

   Y, sin tener demasiados conocimientos de anatomía vacuna ni de geografía, pienso yo que la forma de la península ibérica se parecerá, igualmente, a una piel de vaca. Como lo escribió en griego, no sé exactamente qué habrá dicho Estrabón al respecto, pero todos los prohombres que lo sucedieron han obviado esa posibilidad -y digo prohombres porque es lo que hay, igual que no hay madres de la iglesia ni de la Constitución-.

   Es una lástima que nunca hayamos explorado esa posibilidad, porque una vaca ya es otra cosa, ya podemos identificarnos con ella. Para los niños y niñas occidentales, que se siguen criando con la recomendación estricta de consumir al menos medio litro de leche al día, la vaca es la fuente nutricia cuya leche sustituye a la del pecho materno. Frente al toro salvaje, la vaca es doméstica; frente al macho bravío, ella es mansa; frente a la silueta lejana e imponente de Osborne, la vaca es cercana y cálida; frente a la piel de toro ensangrentada y desgarrada de Espriu, la dulce Cordera de Clarín es la vaca amada y casera.

   A veces, me cuesta trabajo ser española. Nos cuesta, ya lo hemos hablado en este mismo foro, identificarnos con una bandera que todavía parece que no nos envuelve a todo el mundo por igual. Nos cuesta hablar de España así, con esas letras, porque en ellas se encierra más sufrimiento y más muerte de los que podemos soportar. Se necesitan tiempo y aciertos colectivos, es verdad; pero quizá necesitemos también poner al día nuestros símbolos, ajustarlos a nuestros valores actuales. Y, hoy por hoy, en medio de tanto miedo y tanto dolor, yo prefiero imaginarme mi país como una piel de vaca en la que me pueda sentir cálidamente abrigada.

SEXO, ALCOHOL Y OTRAS DROGAS




foto La Voz de Asturias
   Hablamos de alcohol. Asturias, como en el poema de Pedro Garfias que tan bien cantó Víctor Manuel, está “sola en mitad de la tierra”; sola y equivocada, al parecer, porque es la única comunidad que permite la venta de alcohol a mayores de 16 años.

   Es un asunto complejo, donde están en juego muy distintos factores: sanitarios, sociales, educativos o ya casi de seguridad pública: los efectos dañinos del alcohol a edades tempranas, incluso en pequeñas cantidades; su consumo asociado al del tabaco y otras drogas; su relación también con prácticas sexuales de riesgo; los modelos de ocio juvenil, como el botellón, y la falta de expectativas o de alternativas; rendimiento escolar, accidentes de tráfico...

   Y, sobrevolando todas estas razones, hay otra que lo impregna todo: el miedo de los adultos –de los padres y madres-, que queremos mantener a salvo a nuestros adolescentes. Recordamos cómo éramos a su edad y qué errores cometimos y eso pesa en nuestras opiniones y propuestas actuales.

¿Hay que cambiar la norma asturiana? O, por qué no, ¿habría que prohibir el alcohol en España hasta los 21 años, como en otros países? No lo sé. Pero si sé que en este debate acostumbramos a mezclar diferentes ideas y problemas de manera demagógica. Por ejemplo: mucha gente defiende elevar en Asturias la edad de los 16 a los 18 años, y lo hace con dos argumentos fundamentales: porque así es la norma en toda España (se me escapa qué tipo de razonamiento constituye ni qué aporta al debate) y porque las calles están llenas de niños y niñas de 13 años que participan en botellones o que se inician en el alcohol ya en Primaria. Es un dato terrible, estoy de acuerdo, pero a quien bebe con 13 años no le afecta que sea legal con 16 o 18; y lo sabemos. Cambiar la ley no soluciona ese problema, sólo deja nuestras conciencias tranquilas porque creemos que estamos haciendo algo.

   Otra confusión: tratamos de igual modo realidades desiguales. Hablamos a nuestros hijos e hijas –en los institutos, en las casas o los medios de comunicación- de los peligros del alcohol, el tabaco, las drogas ilegales... todo en el mismo saco, como si fuera lo mismo una cosa que otra. Y son asuntos diferentes: una persona fumadora tiene un problema adictivo y sanitario; una persona alcohólica, tiene además un problema personal, social, laboral...

   Pero, dicho esto, es posible beber sin ser bebedor, pero no es fácil fumar sin ser fumador. No creo que queramos una Ley Seca ni una sociedad libre de alcohol; queremos –o quiero- que nuestros hijos e hijas aprendan a beber de manera responsable, que aprendan cuándo –a qué edad y en qué momento-, cómo y cuánto. Me gustaría que pudieran disfrutar, en su futuro adulto, del sabor de un vaso de vino o de unos culinos de sidra, pero no querría que aprendieran a disfrutar de un cigarrillo, ni de una raya de coca ni de una pastilla de diseño. Porque son drogas distintas –del alcohol y entre sí- y su consumo tiene implicaciones  y consecuencias diferentes.
foto La Voz de Asturias

   Quizá estamos confundiendo a nuestra juventud con este discurso negativo donde todo es igualmente malo y prohibido. La doctrina vaticana recomienda, respecto al sexo, la abstención como el mejor y único medio para combatir el contagio de enfermedades o los embarazos no deseados. A veces, en este asunto del alcohol, me parece que somos como el Papa: consumo cero y abstención. Y con los mismos resultados.

viernes, 21 de septiembre de 2012

VIOLENCIA


   A finales de los años 50, el profesor y arquitecto Bonaventura Bassegoda, una autoridad en Cimientos Profundos, siempre comenzaba sus clases con un buenos días para indicar, a continuación, los años, meses y días exactos que su hija llevaba muerta. Joan Margarit, antiguo alumno suyo en Barcelona, nos cuenta que él y sus compañeros tenían entonces apenas veinte años y que jamás ninguno sonrió siquiera ante aquella muestra de desolación. Medio siglo después, en su libro “Joana”, Margarit piensa en ese profesor cuando él mismo es “una amarga sombra suya / porque mi hija, ahora hace dos meses / tres días y seis horas / que tiene sus profundos cimientos en la muerte.”
Joan Margarit

   ¿Cómo sobrevivir a la muerte de los hijos? Ruth Ortiz, como antes hicieran Bassegoda y Margarit, recorre ahora un territorio que a cualquier persona le espanta tan solo imaginar. Pero, en su caso, el dolor tiene que ser mayor –si tal cosa es posible-, porque no fueron la enfermedad ni la fatalidad las que terminaron con la vida de sus pequeños. Todo apunta a que fue su marido el que, como castigo por la separación, quiso causarle a su esposa el más grande de los daños posibles. Y ese daño no es la muerte –un visto y no visto-, sino la amargura y la tristeza diarias, sufridas hora tras hora. Para este padre, según se desprende de la investigación policial, sus niños no eran dos personas amadas, carne de su carne; no eran ni siquiera personas, tan solo un objeto, un instrumento de venganza, útiles para torturar a la madre. Cuánta razón tiene Ruth Ortiz cuando afirma que sus hijos –Ruth y José- son solo suyos, porque nunca tuvieron padre…

   Pese a todo, queremos creer en la bondad humana, en la naturaleza básicamente buena del ser humano. Nos empeñamos, pero no es fácil si repasamos desde los pequeños actos mezquinos y crueles de la vida diaria a las guerras o los genocidios. O si pensamos en crímenes como los que se atribuyen a José Bretón, donde sólo podemos ver una maldad sin fisuras, una voluntad de destrucción a cualquier precio, por encima de cualquier mínimo sentimiento de afecto, cualquier pensamiento ético o cualquier instinto protector.

   La desaparición de los pequeños Ruth y José sacudió a toda la sociedad. Primero, porque toca uno de los terrores profundos de cualquier persona adulta, el de perder a un hijo o una hija, más desgarrador cuanto más pequeños y vulnerables. Y, en segundo lugar, porque todos los indicios señalan al padre y esa posibilidad desbarata creencias muy firmes, trastorna un principio básico sobre el que se organiza la sociedad y la propia supervivencia de la especie.

   Pero estos días leemos también que han muerto ahogados un padre y su hijo, el primero intentado salvar al segundo; y hemos sabido que, de las doce personas asesinadas en Colorado en el estreno de Batman, al menos tres murieron protegiendo con sus cuerpos a sus seres queridos... En estos y otros casos similares comprobamos que, en esos segundos de pánico y confusión ante un peligro mortal, prevaleció la voluntad de protección frente al instinto de conservación. Como si fuera una balanza, las personas necesitamos equilibrar la maldad y la infamia que acabaron con la vida de Ruth y José con estos actos de generosidad. Necesitamos seguir confiando en el ser humano, aunque quizá a esta madre nada de esto la pueda reconfortar. Quizá a Ruth Ortiz sólo la calme saber lo mucho que los ama y que ya no conocerán sus hijos ni un solo instante de desamparo en compañía de ese padre. También nos lo decía Joan Margarit: “Por débil y pequeña que en la noche / llegue a ser la ventana iluminada, / este es mi consuelo: / no habrá más desamparo ya que el mío”

UN PREMIO REPETIDO


   No voy a comentar siquiera el hecho de que, entre los 26 premiados con el Príncipe de Asturias de los Deportes, sólo haya 5 mujeres. La Fundación no es responsable de estos “resultados deportivos”, pero sí el Jurado –los hombres y las mujeres que lo componen-  y debería dedicar unos minutos a estos datos y compararlos, por ejemplo, con los obtenidos por España en las últimas olimpiadas: 11 medallas de las deportistas frente a las 6 de sus compañeros. No parece que haya una correspondencia, ni un mínimo equilibrio, entre los resultados reales –las competiciones- y el reconocimiento y prestigio social –los diversos premios o los contratos millonarios-.

   Es ya un lugar común reconocer la buena labor de la Fundación Príncipe de Asturias. Como asturiana y ciudadana de Oviedo, me gusta todo lo que nos aporta en proyección, visibilidad y renombre internacionales. De hecho, estos premios alcanzaron tal prestigio que podrían ya atreverse a galardonar a personas valiosas por sí mismas, sean o no famosas o mediáticas. Un proyecto que nace no se consagra con premiados anónimos, por más solventes que sean, incapaces de congregar alrededor a más de un fotógrafo; pero los Premios Príncipe ya han pasado ese momento inicial y, si bien no tienen que apostar por nombres de bajo perfil público –ni mucho menos, seamos realistas-, sí que han de eludir el recurso fácil a la popularidad.

   El Premio de los Deportes ejemplifica a la perfección estos riesgos. Porque a menudo reconoce a los ya archirreconocidos –los hombres más famosos- o porque se deja arrastrar por la pasión de la última competición y elige a deportistas –como ocurrió con Alonso en 2005- en un momento de gloria, pero no en uno de madurez o trayectoria consolidada. Y, para intentar arreglarlo, en 2007 recae el galardón en Schumacher, este sí el rey y heptacampeón de la Fómula I, con lo que el resultado es mucho coche en poco tiempo, por una parte,  y numerosas disciplinas deportivas ausentes, por la otra.

   En fin, que en 2010 la selección española de fútbol recibió el Premio Príncipe de los Deportes y ya acudieron Casillas y Xavi al teatro Campoamor, así que la noticia de este año parece un “deja vu”. ¿Por qué les hacen ese dudoso favor a ellos y no, por ejemplo, a Puyol y Raul, también de equipos rivales? ¿O a Villa, Cazorla y Mata, asturianos los tres? ¿O a Cristiano Ronaldo, que está triste? Si Casillas y Xavi son sensatos, y lo parecen, pensarán que este premio es inoportuno y que casi les resta más que les suma.

   Me gusta el deporte, admiro a Alonso, Casillas y Xavi. Pero no hay que abusar y, sobre todo, no hay que pasarse tanto con el fútbol. Dice John Carlin que es algo grande y se disfruta más de un buen partido que de casi cualquier otra cosa en la vida, y mucha gente estará de acuerdo. Pero hay muchos deportes y muchas deportistas en los que el Jurado debería pensar antes de repetir y conceder, por segunda vez, el mismo premio a los mismos jugadores.

martes, 28 de agosto de 2012

DIENTES DE ORO


   Vemos rostros hipertrofiados, con labios abultados y mejillas excesivas. Los vemos en todas partes, pero se concentran en determinadas series de televisión norteamericanas, en algunos programas televisivos nacionales, en ciertos lugares de encuentro de la llamada gente guapa.

Mickey Rourke
   Son, más a menudo o de manera más evidente, rostros de mujeres; lisos e indistinguibles, lucen expresiones de asombro permanente y coronan cuerpos delgados de adolescentes. Caras sin edad, ni jóvenes ni viejas, extrañas nada más. Más-caras irreales, un poco más infladas cada año, retocadas a simple vista e inexpresivas.

   Al principio, las veíamos y pensábamos que era un intento inútil, que a nadie engañaba esa apariencia. Todo el mundo, creíamos, era consciente de esos rostros operados, imposible ocultar la edad. Nos parecía una aspiración fracasada, patética casi en su ingenuidad: pobres gentes empeñadas en huir de las arrugas, del paso del tiempo, de la muerte tal vez.

   Pero los pobres e ingenuos éramos nosotros. Porque hay otra manera de verlo: no es una  cuestión de estética, es un asunto de poder. Quien lleva orgullosamente ese aspecto no quiere convencernos de que ese es su rostro, esa es su edad. Quiere decirnos, simplemente, que se presenta así porque puede.
Carla Bruni, a la que los medios seguían
 refiriéndose, siempre, como una mujer
muy hermosa, con la característica cara
de asombro.

   Y he recordado los dientes de oro. ¿Por qué estuvieron –y parece que vuelven a estar- tan de moda? Desde luego, no porque parecieran auténticos y pasaran desapercibidos, sino porque eran una clara exhibición de riqueza. ¿Que estropeaban la sonrisa? Bueno, se notará que este diente no es mío, diría un poseedor ufano; pero se ve que es de oro, y eso es lo que importa.

   Los seres humanos usamos las joyas, las ropas o los tatuajes para embellecernos, para abrigarnos o protegernos y, a la vez, para comunicar a los demás nuestra posición en la jerarquía social. ¿De qué nos sirve ser poderosos, ay, si nuestros vecinos no se dan cuenta? Siempre hemos hecho ostentación de nuestro estatus: hace miles de años, con collares de conchas o pieles teñidas; después, con sedas y piedras preciosas; con nuestros coches y nuestras casas. Con nuestros dientes de oro.

   Estas caras abombadas son como una joya que se luce, los nuevos pendientes de diamantes, la capa y el cetro del jefe del clan. Es un signo visible de poder, una exhibición de opulencia que no se quiere disimular, que no puede pasar desapercibida. Es el nuevo diente de oro.

Cayetana de Alba: es poderosa, lo sabe y lo demuestra
en su vida y en su rostro.

   Y dentro de unos años, muy pocos, nuestras arrugas serán quizá el distintivo de los desheredados; seremos la boca desdentada del que no podía pagarse unos buenos dientes de oro.

sábado, 25 de agosto de 2012

ABORTO Y DEPORTE: ES COSA DE HOMBRES

                        

   ¿Qué tienen en común el deporte -el alto mundo del deporte- y el aborto? Que es cosa de hombres. Los resultados de estos juegos olímpicos en España -más medallas femeninas a pesar de tener ellas menos apoyo institucional, menos reconocimiento público, menos patrocinios, menos oportunidades y menos opciones y presencia en las federaciones- han hecho reflexionar y espero que ayuden u obliguen a bastantes cambios. Pero en los ámbitos de decisión siguen sentándose hombres poderosos a los que el deporte femenino les parece una concesión: existe el Deporte -sin adjetivos, que es el de los hombres- y después hay también un deporte femenino...
Medallistas olímpicas Londres 2012

   Y, respecto al aborto, qué podemos decir: desde la jerarquía de la iglesía católica -exclusivamente masculina- a nuestro actual ministro de Justicia, siempre hay algún varón dispuesto a decidir por nosotras.

   Dos artículos sobre estos asuntos.



ES COSA DE HOMBRES

   Quién lo diría, pero el fútbol, igual que el coñac Soberano de los años 60, todavía “es cosa de hombres”.

   Hay muchas mujeres en las gradas, sí, y entre los niños que salen al campo de la mano de los futbolistas hay cada vez más niñas. Pero estas chicas son una presencia testimonial y, como jugadoras, apenas existen. A la hora de la verdad, para la inmovilista y poderosa federación de fútbol, para las instituciones españolas, para los patrocinios o los medios de comunicación, el deporte estrella es, sobre todo y ante todo, cosa de hombres.

   Basta comprobar cómo la selección española o los grandes partidos de la Liga vacían las carreteras o los cines en la misma proporción en que llenan los informativos o los diarios, mientras que la selección de mujeres nos pasa inadvertida; basta comparar los presupuestos anuales de cualquier modesto club masculino de regional con los de los equipos de primera división femenina, que sobreviven con menos de la décima parte pese a estar en lo más alto de su categoría.

   Es cierto que hay grandes intereses económicos, que el fútbol masculino mueve masas y el femenino no y, por eso, ellos se pueden permitir grandes sueldos, patrocinios y cobertura mediática. Pero también, como en el huevo y la gallina, puede pensarse al revés: ese deporte de hombres interesa a todo el mundo porque machaconamente se le da cobertura pública y, en consecuencia, acaba gustando y generando negocio.

   Sara Carbonero es un ejemplo más, peculiar y quizá no el más representativo. Es cierto, por una parte, que rentabiliza ventajosamente su situación personal, pero también lo es que actúa en un sector donde las profesionales –sean médicas deportivas o periodistas- son minoría y lo tienen difícil. Repasemos: en el Mundial de Sudáfrica era una entre los miles de reporteros que sus empresas enviaron a cubrir los partidos; su novio, Iker Casillas, era uno de los tres porteros –y el titular- de la selección española. La Roja comenzó mal y se lanzó el anatema contra la novia culpable, reclamando que abandonara su puesto y volviera a España porque –hay que tener valor para atreverse a decir algo así en el siglo XXI- “desconcentraba” a su chico. Un amigo, con mucho sentido común, me confesaba no entenderlo: los dos estaban allí trabajando y nadie se cuestionaba la concentración de la periodista. Si el que fallaba era él y no podía centrarse en su bien pagada labor, pues que lo sustituyeran y asunto resuelto.

Jugadoras del RCD Espanyol, ganadoras Copa de la Reina 2012
   Ganó España y, dos años después, nos jugamos la Eurocopa. Nadie puede sostener ya, vistos los resultados del Mundial, que Carbonero distrae al capitán, pero el españolito miserable que muchos llevan dentro algo tiene que decir; le cuesta digerir a Sara Carbonero, porque es una chica guapa a rabiar, inteligente y triunfadora. Porque es la novia del mejor portero del mundo, un chaval de Móstoles con aire de buen rapaz. Porque, en vez de contentarse con promocionarse como modelo o como esposa y madre, igual que otras mujeres de futbolistas, se empeña en cultivar su carrera de periodista a la vez que mantiene un alto perfil público.

   Para el deporte, Sara Carbonero es una intrusa que no quiere ceñirse a un único papel preestablecido y que representa muchas cosas que una parte de la sociedad ambiciona y a la vez teme. Por eso, como respuesta, hay un sector rancio que incendia las redes con comentarios que la descalifican. Es un mundo de hombres, en el que la Copa del Rey llegó a convertirse en asunto de Estado a cuenta del himno y la pitada, mientras que a la Copa de la Reina, de fútbol femenino, no asistió nunca la anfitriona.





CLANDESTINAS


   Lo que más siento es volver a la minoría de edad. Y mira que nos están pasando cosas; más que pasar, nos azotan al paso, nos flagelan las espaldas y son como una escalera de penitencia cuyos peldaños ascendemos, de rodillas, viernes a viernes. No son palos de ciego, como a veces podemos pensar. Son golpes muy inteligentes y certeros contra las clases medias y populares.

El Ministro Gallardón,
visto desde la revista satírica El Jueves
   Pero con todo, decía, lo que más siento es volver a la minoría de edad. Hace ya muchos años que las mujeres españolas conseguimos que se nos reconociera plena capacidad jurídica. Así dicho no parece gran cosa, pero alcanzar ese reconocimiento legal nos costó siglos, no bastó con 18 años: la mayor parte de las asturianas nacimos en un país donde esa potestad le correspondía al padre o al marido. Donde sólo había jueces –la ley no permitía que hubiera juezas- o ministros. Y donde el argumento último e hipócrita que justificaba esa situación era, en definitiva, que se hacía por nuestro bien: reinas del hogar para que no tengamos que enfrentarnos al duro mundo; incapaces de saber lo que nos conviene a la hora de gestionar nuestros bienes, nuestras propiedades o nuestro estilo de vida. Menores de edad, en definitiva, para decidir.

   El ministro de Justicia anuncia ahora una reforma de la ley del aborto que nos situaría a la cola de Europa; que nos hará volver a la época de la clandestinidad: si tienes medios, abortas en el extranjero; si no los tienes –y cada vez más gente no los tiene- te arreglas con una aguja de tejer porque, lo que los datos históricos demuestran, es que el aborto se practica aunque la legislación lo prohíba; una reforma que condenará a sufrimientos inhumanos a bebés que nazcan con malformaciones gravísimas y también a sus familias –y recordemos que esas familias se están viendo privadas cada vez más de apoyos sanitarios y sociales, recorte tras recorte-.

   El ministro confunde el ámbito de sus convicciones personales –respetables, si es que son coherentes con las que hace públicas- y el de la legislación aplicable a todos los españoles y españolas: no estaría bien que un ministro preocupado por la superpoblación nos obligara a abortar, ni que otro nos quiera obligar a tener hijos. Llevar a término un embarazo, con o sin malformaciones del feto, es una cuestión trascendental y, sea cual sea la decisión, se ha de vivir con ella toda la vida. Por eso ha de ser necesariamente una decisión personal, no estatal. Así de simple y así de duro, difícil y doloroso a veces para las mujeres y las familias.

    Pero de manera perversa, este ministro enreda los argumentos y afirma que hay “una violencia de género estructural contra la mujer” que muchas veces le impide “ejercer su derecho por excelencia a ser madre” y que nos quiere ayudar a realizarnos sin trabas. Se ve que, hasta que él llegó, no éramos capaces de decidir en libertad. Volvemos a ser inmaduras, irresponsables, a necesitar que alguien, desde arriba, decida por nosotras. Alguien que quiere convertir ese derecho a ser madres del que nos habla en la obligación de serlo: es lo que nos conviene y él lo sabe. Y frente a esa convicción, frente a la fe del fundamentalista, ya no hay razonamiento posible. Sabe que seguirá habiendo abortos, pero en resumen nos dice: la ley llegará hasta aquí; el resto, te lo pagas.

domingo, 24 de junio de 2012

A CABALLO



Nunca habíamos tenido en Occidente tan poca población joven como ahora; como soy de natural optimista y creo en el progreso social y humano, no me sumo a las voces derrotistas que hablan siempre de lo mal que está la juventud; al contrario, creo que nuestros chicos y chicas son, en su inmensa mayoría, más respetuosos, tolerantes, cultos y "ciudadanos" que hace cien años, cuando la educación era todavía el privilegio de unos pocos. Pero también- nada es perfecto-,  y quizá por sobreprotección,   podemos observar algunos aspectos no tan positivos en cuanto a autonomía personal. De estos asuntos hablo en este artículo, que publiqué hace unos meses en La Nueva España.


A CABALLO
Children on horses, Montana. Griffith & Griffith, Chicago


Los caminos de la libertad en la infancia

   En la estupenda novela Una temporada para silbar, Ivan Doig nos habla de un pequeño pueblo de Montana, el estado norteamericano en el que nació el propio autor en 1939. Son muchas las historias y los personajes, los datos y detalles de un tiempo perdido con los que disfruté estos pasados días festivos; y una circunstancia, en apariencia anecdótica, llamó mi atención: los niños y niñas de aquella escuela rural unitaria en Marias Coulee iban a clase a caballo; a diario, desde los seis años, recorrían kilómetros de ida y vuelta, con su almuerzo en el macuto, con frío y calor, con lluvia o nieve. Los hermanos mayores cuidaban de los pequeños y, desde las distintas granjas, se iban esperando en los cruces para acompañarse, pero a fin de cuentas eran siempre críos y crías que aprendían a desenvolverse en su entorno, sin adultos. Recibían indicaciones claras -en caso de tormenta brusca, de peligro, buscarían amparo en la primera casa a la vista- y se confiaba en su buen juicio.

   Esa historia, ambientada en 1910 al paso del Cometa Halley, me hizo recordar nuestra niñez en Asturias y la de nuestros padres y madres; no muy diferente, en esencia, de las infancias danesas, suizas o norteamericanas que, a un lado y a otro del Atlántico, fueron a la escuela en bici, en trineo o a caballo. Y no pensé en la progresión educativa –cierta-, sino en la regresión de la autonomía personal que imponemos a los más jóvenes desde entonces.

   Es cierto que las ciudades han cambiado, unas mucho más que otras, y son más hostiles, menos hospitalarias; es cierto que los nuevos modos sociales nos hacen vivir de manera más aislada: somos cada vez menos tribu –no pediríamos a ninguna criatura hoy en día que se refugiara en la primera casa a la vista- y más célula individual y familiar desconectada. Pero, por lo general, nos rodea una razonable seguridad. ¿Dónde nació entonces este miedo que nos lleva a sobreproteger, a mantener a nuestros hijas e hijos en ambientes cerrados y controlados, como los centros comerciales, o pegados a nuestro costado y nuestra vista? ¿Cómo aprenderán a crecer y a desenvolverse en sus medios, sean las altas praderas de Montana o las calles y plazas de nuestra ciudad?

   El debate está ahora encima de la mesa; ahora, que se comprueban las limitaciones de estas primeras generaciones de niños y niñas que nunca pudieron cabalgar solos; ahora, que decidir a qué edad pueden nuestros pequeños volver solos de clase y vencer además la propia mala conciencia requieren a la vez un master y un terapeuta. Ahora, que sabemos que las personas adultas vivimos con más confianza y seguridad si en la infancia han confiado en nosotras.

   No es bueno volver la vista atrás con nostalgia, pero sí recordar lo que de bueno haya en la memoria –porque, como también nos dice Doig, “la luz del recuerdo es a la vez detallista, mágica y fiel, como no lo es nunca el tinte barato de la nostalgia”-. Y esos niños y niñas de Montana se me aparecen, en el recuerdo, libres a caballo hacia su escuela, eligiendo el camino de la vida entre los caminos posibles en los pastos.

martes, 5 de junio de 2012

VENCER AL CÁNCER




El pasado domingo, día 3 de junio, más de 5.000 mujeres solidarias con el cáncer de mama corrieron por Gijón, con sus camisetas rosas. En febrero, cuando celebrábamos el Día Mundial contra el cáncer, publiqué esto en La nueva España y hoy me gusta volver a recordarlo:

La "mareona rosa" (foto El Comercio)

Leo la nota necrológica de alguien que ha muerto de cáncer y me tropiezo, una vez más, con las expresiones acostumbradas que empleamos en estos casos. A medio camino entre el elogio y el dolor, se presenta esta enfermedad –y solo esta- como una lucha, como un contienda entre la persona y su cáncer; empleamos un vocabulario guerrero y heroico –“luchó valientemente”, o “empeñó sus fuerzas en la batalla contra el cáncer”, o “se enfrentó con valor”- y presentamos la conclusión, la muerte, como una derrota personal: “pero la enfermedad acabó venciendo”, “no pudo ganar la batalla”...

Podemos comprobarlo en unos clics de ratón: de Miguel Delibes, ya anciano, dijimos que había muerto tras una larga lucha contra un cáncer; de Steve Jobs, más recientemente, que había luchado desde 2003 contra un cáncer de páncreas. De Wangari Maathai, la Premio Nobel keniana, la familia “con una enorme tristeza anuncia su muerte, ocurrida el 25 de septiembre de 2011 después de un largo y duro combate contra el cáncer”.

Bien sé que el cáncer, todavía hoy, impone y asusta. Bien sé que, con estas expresiones, queremos realmente mostrar nuestro cariño, nuestra admiración y respeto por las personas fallecidas. Pero, en el fondo, queda la impresión de que han sido derrotadas, de que no han sabido o podido vencer la enfermedad... ¡qué crueldad! A ningún enfermo de otra dolencia le exigimos tanto, ni decimos de nadie que ha fallecido tras una dura y valerosa lucha contra una insuficiencia cardiaca o una neumonía.

Parece ser que el buen ánimo, las ganas de superarlo, ayudan (y yo supongo que ayudan en esta y cualquier otra enfermedad o recuperación física). Sin embargo, estamos dando un paso más, estamos dando a entender que, si el cáncer vence, es porque no hemos luchado con suficiente energía y valor. Como si nuestro impulso personal no fuera un factor positivo más, sino el elemento fundamental y decisivo.

Nos morimos porque estamos vivos; nadie, ni la persona más valiente y más luchadora, puede vencer a la muerte. Esa guerra está perdida siempre. Unas veces morimos de cáncer, otras de sida, otras de gripe o en un accidente de tráfico. A los 20 o a los 89 años, como Miguel Delibes. Son otros los combates que perdemos a lo largo de la vida, en las renuncias o las deserciones personales. Pero, por favor, no presentemos a nuestros muertos de cáncer como derrotados en el campo de batalla. No se lo merecen.

lunes, 28 de mayo de 2012

EL VALOR DE LAS PALABRAS


   Leo que Javier Krahe se enfrenta a juicio por "ofender los sentimientos religiosos" con la emisión de un vídeo, rodado en los años 70 y emitido en 2004, en el que el cantautor enseñaba a cocinar un Cristo. Confieso que no le veo interés al vídeo y entiendo, la verdad, que mucha gente se ofenda. Es más, somos muchas las personas que a diario nos sentimos ofendidas por una u otra manifestación pública de alguna autoridad o celebridad. Yo misma me enervo a menudo con la jerarquía eclesiástica y me ofenden gravemente sus consideraciones acerca de la familia, la maternidad, la sexualidad, la homosexualidad o la función de las mujeres en la sociedad. Muchas veces pienso que, además de ofensivas, son anticonstitucionales.
   Pero a Krahe, mira por dónde, lo han llevado a juicio. Espero que lo absuelvan, porque que la gente se  sienta ofendida no implica que el ofensor haya cometido ningún delito; ni siquiera implica que haya querido ofender.
   Pero las leyes se articulan con palabras, y sobre el lenguaje hay mucho que decir. Hace unos meses publiqué este artículo en La Nueva España sobre el valor de las palabras

Javier Krahe en el juicio

El valor de las palabras

   El escritor alemán Gunter Grass analizaba la situación de su país tras la Segunda Guerra Mundial. En 1945, Alemania está derrotada, las ciudades y las industrias arrasadas, nos cuenta; pero “existía un destrozo mayor: la ideología del nacional socialismo había falseado el sentido de la lengua alemana, la había corrompido y había asolado amplios territorios verbales”. Grass y sus contemporáneos tuvieron que enfrentarse a una lengua contaminada, a términos corrientes que ya no podían emplear  –unión, madre, familia, guía...- porque habían perdido su inocencia, su sentido original; porque al oirlos resonaban las consignas y la ideología nazis.
   Algo parecido nos ocurrió –nos sigue ocurriendo- en España. Las décadas de dictadura franquista enturbiaron de tal modo la lengua española que todavía hoy nos cuesta decir “España”, “bandera”, “patria”, sin que sintamos que nos envuelven los ecos de las montañas nevadas.
   Tuvieron que pasar varias décadas para que la policia y el ejército españoles dejaran de ser el símbolo de la represión y conquistaran el papel –y la consideración social- de cuerpos y fuerzas de seguridad. La última encuesta del CIS nos confirma que el Ejército es la institución mejor valorada por la población española y la única que, además, logra el aprobado; al ejército le costó 30 años de democracia y aciertos; la bandera o la patria todavía no lo han conseguido.
   La historia nos enseña que no es difícil subvertir el valor de las palabras, pero después cuesta mucho recuperarlas, a ellas y a lo que representan. En esta gran crisis que nos toca vivir –peor que la del 29, nos dicen, aunque mejor que cualquier posguerra-, ¿tendremos que aprender otra vez a leer y escribir, como en los primeros años de escuela, para entender el significado actual de cada expresión? ¿Qué revelará nuestro vocabulario acerca de estos tiempos?
   Unos tiempos en los que las oficinas del paro llevan el nombre oficial de oficinas de empleo; en los que a los recortes los presentamos como ajustes; en los que al cierre de empresas lo consideramos deslocalización; a privatizar, externalizar. Una época en la que a las facilidades para el despido las llamamos incentivos para el empleo. ¿Quién puede aclararse en esta confusión interesada y, sobre todo, quién puede decidir qué y cuánto valen las palabras?
   En “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll, Humpty-Dumpty explica que, cuando él usa un término, “significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos”. Alicia le pregunta  entonces si es posible que él pueda hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. “La cuestión –declara Humpty-Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo”.

miércoles, 23 de mayo de 2012

LLEGA LA PRIMAVERA A ASTURIAS

En el mes de marzo, después de las elecciones asturianas, publiqué este artículo. Creo que hoy es un buen día para recordarlo:

   Cambia la luz. Llega la primavera a Asturias y nos envuelve la alegría. En las calles, aparecen brazos desnudos, piernas al aire. Volvemos a vestir colores vivos, a sentarnos plácidamente en las terrazas al sol, perezosos como gatos. Algunos árboles siguen desnudos, pero no nos importa: queremos celebrar los primeros brotes verdes, aunque sea a destiempo. Nos cansan ya la oscuridad, la crisis, la incertidumbre y saboreamos lo que tenemos: este rayo de luz, el sabor del primer café, la sonrisa de nuestra gente. Lo decía Bertolt Brecht en el exilio: “En los tiempos sombríos, / ¿se cantará también? / También se cantará / sobre los tiempos sombríos.”
   Llega la primavera y Asturias, por sorpresa, ha vivido unas nuevas elecciones. Se cierran las urnas y comienzan los tópicos, lugares comunes que nos repetimos unas personas a otras, que desgranamos en público y en privado. Así, decimos que el electorado siempre acierta –que le pregunten, ya que estamos, a Brecht–; que la grandeza de la democracia explica que un partido bisagra con un par de representantes en las Cortes pueda tener más poder de decisión y capacidad para aplicar su programa que otro con siete o con diecisiete; también se explica, apelando a la mística de la democracia, que un partido perdedor pueda acabar gobernando; o que la abstención gane las elecciones, pero no gobierne...
   Porque estos días hablamos también de la elevada abstención como síntoma de que algo falla en el sistema y de que hay que reflexionar sobre el hartazgo o la indiferencia que la provocan. Pero enunciamos el problema, nada más. La escueta realidad es que no tenemos respuestas, quizá porque ni acertamos con las preguntas correctas.
   Decimos que así funciona la democracia, pero más bien parece que así es como falla; afirmamos que estamos interpretando al electorado, pero es una prerrogativa que no otorgamos con la papeleta. Infantilizamos el mensaje y confundimos a propósito: no hay una Democracia intocable y con mayúsculas, hay funcionamientos democráticos mejores y peores. Confundimos la democracia con la organización de la democracia; el ideal general con la regulación particular; el modelo político con su traslación imperfecta a nuestro ordenamiento jurídico.
   El filósofo Ramón Vargas-Machuca estudia desde hace años los indicadores de calidad de la democracias y propone el desarrollo de un baremo estándar y homologado para evaluarlas. Es un camino, mejor en cualquier caso que las lamentaciones vagas y repetidas tras cada cita electoral: sometamos nuestra democracia a examen y, como cualquier estudiante, a aplicarse donde más falta haga. Pero tenemos tantos problemas graves y urgentes que para solucionar este nunca hay prisa, es cierto, aunque tampoco hay tiempo.
   Pensamientos de sobremesa en este tiempo de espera y, por tanto, de esperanza; después de un largo y sombrío invierno, llega la primavera a Asturias.